Fuenteovejuna, un texto que sigue vivo

Alberto Morate

Da igual la cantidad de veces que hayamos visto Fuenteovejuna del gran Lope de Vega. Da lo mismo porque siempre le haremos una lectura distinta. Pero siempre nos entrará por los sentidos. Y por el aspecto social y reivindicativo. Y por su verso. Y por su ritmo. Y por sus historias de solidaridad, desmanes, abuso, la fuerza de las mujeres, el poder despótico e inquisitivo, la fuerza de la unión, el miedo, el peligro, el arrojo, el amor… todo esto tiene este texto que no pasa de actualidad, que está vivo.

Vivo como el pueblo que calla y soporta hasta lo indecible, hasta que no puede más, hasta que ya dan lo mismo las consecuencias que puedan tener, porque hay que hacer justicia y dejar de estar oprimidos.

La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico defiende con buen criterio todo esto. A las órdenes de Javier Hernández-Simón, se transforman en los personajes perseguidos, y a golpes de pecho defienden un intenso texto que pide salir a las gargantas de los actores a voz en grito. En esto quizás sean un poco excesivos. Es cierto que es una obra dramática, de sufrimiento, de dejarse la piel, de sentirlo. Pero la juventud de estos intérpretes hace que aún suenen y resuenen sus voces de una forma un tanto monocorde, con pocos matices, lineal, por encima de lo exigido.

Sin embargo, el ritmo es perfecto, el movimiento escénico casi imparable, excepto en los momentos de más tensión, con una escenografía bien resuelta, con la musicalidad necesaria y la emoción pendiente de un hilo.

Con unos personajes creíbles y humanos, menos los reyes, intencionadamente ridículos, autómatas, fuera de la realidad, inexpresivos. Destacar a Jacobo Dicenta, como el abusador Comendador al que le llegará su merecido. A Paula Iawsaki, una Laurencia sin histrionismos. Ariana Martínez, Pablo Béjar, Carlos Serrano, Aleix Melé,… todos como Fuenteovejuna defendiendo su papel al unísono. Con las mismas ganas y el mismo cariño. Y que se siga representando, a Lope, este gran título, a sus coetáneos, ese siglo de oro al que hay que sacarle aún más brillo. Porque sigue vivo.