Encrucijada, travesía de música y culturas

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El Día de Canarias hemos cogido un barco que nos ha llevado hasta las islas. O al revés. Un barco ha venido desde allí hasta la Gran Vía, al teatro Rialto, para hacernos partícipes de su fiesta. Da lo mismo. El caso es que todos estábamos en el mismo buque. Un crucero de placer de oír tocar y cantar a estos músicos, y no solo a los de Canarias, sino también a los que han ido recogiendo en diferentes puertos.

El capitán del mismo, Domingo “El colorao”, virtuoso del timple, como centro neurálgico de emociones, ritmos, canciones, folías improvisadas, repentistas, voces, buen ambiente, también aventura, poesía, sentimientos que se encuentran.

Con él, Juan Carlos Pérez, de La Palma; Fabiola Socas, Alberto Méndez “Naranja”, Julito González, Melquiades Cruz, tinerfeños, y Joana García y Yerai Rodríguez, de Gran Canaria. También canarios, Eduardo Duque de La Gomera y Ciro Corujo de Lanzarote. Y del norte, desde Euskadi, Kepa Junquera dándole a sus melodías vascas un aire isleño maravilloso. Desde Argel Kino Ait Idrissen  con varios instrumentos a cada cual más atrayente. Y Gustavo Colina desde Venezuela y su “cuatro” ancestral completa la cubierta de este barco que va a toda máquina, a todo ritmo.

Allí el suave viento del encuentro nos dará en la cara y nos hará cantar y sonreír, bailar y dar palmas.

Uno, que se siente cien por cien madrileño, abre su corazón a estas tierras y mares eliminando las distancias. Y entiende que se quiera volver, siempre volver, como nosotros ir y conocernos mejor. Hablar una lengua común que es la de la música y los bellos gestos. Además, da igual que no se entiendan las palabras, tienen que entenderse los corazones. Y a uno le vienen al recuerdo nombres y sentimientos de buena gente de por allá.

Y así pasamos una noche espléndida y emocional, uniendo continentes, culturas y ritmos. Fusionados en un trayecto único de mares conexionados, sin que nadie se maree, pisando la tierra firme del encuentro, celebrando una amistad sin barreras, denunciando a través de versos los desmanes de unos pocos que se creen que la tierra es suya. Pero por eso hay en esta Encrucijada un auténtico espectáculo de música y buenas sensaciones, una travesía imparable de cosas pequeñas como los instrumentos de cuerda que se hacen grandes, de océanos que unen y no separan, de enamorados de la vida, de mestizaje, de arte, de raíces culturales, de eliminación de fronteras.