Pontencialmente Haydée, el grito

Alberto Morate

“El llanto está a una lágrima del grito”, dice Haydée mientras acuna a su hijo (¿imaginario?), después de haberle amamantado sin ganas. Algo huele mal. Eso la obsesiona. Eso, y que alguien la observa. Alguien real, no es dios, con minúsculas, es alguien que la mira desde el infinito de su pasado. El pasado que nos cuenta y nos grita ella misma. Con potencia, como un aullido de gato que se lamenta porque tiene hambre, y ya se confunde si es un maullido o el llanto de su hijo.

Haydée es una mujer solitaria obcecada con las palabras. Las palabras dicen mucho, no solo por su significado, también por su sonoridad y morfología. Hay palabras que se atragantan y palabras que fluyen. Palabras que se entregan y palabras malditas. Palabras mal dichas en personajes engreídos. La profesora, el marido, el padre, el primo,… las palabras que pronuncian son como gritos al oído de Haydée. Son balidos. Balidos de chivos de plásticos duros y tóxicos que retrotraen a la infancia pero no la alivian. Y ese olor penetrante y fétido, olor a muerto, olor a plástico derretido.

Federica Presa nos transmite todo esto a través del texto de Patricio Ruiz. No decae el relato, aunque se repitan algunas imágenes verbales de su terrible mundo personal. La desesperación de quien no ha conseguido lo que ha querido, de quien busca las palabras adecuadas, empezando por su nombre, con dos e, y que solo pretende, y nada menos, que una caricia, cariño, ser comprendida, verse arropada y no tener que despojarse de su ropa para que el olor no se impregne en ella, para alguien la mire pero de forma distinta, para que las palabras dejen de ser gritos.

En el Teatro de La Encina, con Paco Saénz trayéndonos estos montajes de Uruguay, que de otro modo, no serían vistos.