Diosas PECADORAS

Alberto Morate

Mujeres, diosas, cotidianas o no. Extraordinarias. Siempre prestas a tener que luchar, a hacerse oír. A callar. A observar. A sufrir. A ofrecer y ofrecerse. A cuidar a los hijos. Y al padre. Y al marido. Y al amante, si lo tuvieran. Mujeres que sangran, que ríen, que sufren, que soportan, omnipresentes. Mujeres cautivas dentro de su propia placenta. Mujeres que resucitan, que pelean, que se enfrentan a la muerte, y a la vida. Mujeres que piden, que gritan, que aman, que se sacrifican. Mujeres que se quieren vengar, fértiles, estériles, dóciles, objetos, amazonas, luchadoras, confidentes, nodrizas, reinas. Pecadoras.

Joaquín Gómez compone un montaje de ninfas secas, de mujeres guerreras, de blancas novias, de irremediables madres, de princesas.

Ahí están. Bailan, suspiran, se quejan. Dan luz a la escena. Son agua. Son aire. Son piedras.

Hablan con las palabras de Medea, de Fedra, de Hécuba, de Políxena, de Yerma, y podrían hablar con las palabras de todas las mujeres reales y etéreas. De Doña Rosita, la soltera; de Adela, la de la Alba; de la mujer de san Agustín (Vita Brevis); de la Celestina, la alcahueta; de Dulcinea aunque nadie la vea; de Juana la loca; de Isabel, la católica por Dios; de Cleopatra; de la primera, Eva. Da igual. Mujeres descalzas que cantan, recitan y sueñan.

Vemos a Iris Gutiérrez, a María Heredia, a Irene Luna, a Andrea Martínez, moviéndose, sufriendo, coreografiando sus cuerpos, al compás de canciones y música de Lila Downs. Vemos en ellas a todas las mujeres desde el principio de la existencia.

En un espectáculo elegante, pausado, simbólico, delicado pero contundente. En un espacio que lo llenan ellas con su presencia ferviente. Que se cubre de voces femeninas pero no débiles. ¡Bien por ellas, porque somos también nosotros! Porque la culpa, si la hubiera, no es solo de la mujer y la serpiente. Al fin y al cabo, el que no haya pecado que tire la primera piedra.