75 puñaladas, dadas sin saña

Alberto Morate

Un mayordomo y un inspector. Un asesinato y la búsqueda de un motivo. Una coartada y muchos misterios por resolver. Una noche de tormenta. Velas encendidas por si se va la luz. Coñac francés. Un gran ventanal. El té. Un cuchillo jamonero. Ingredientes para componer una trama de intriga y misterio, terrible y escabrosa.

Y, sin embargo, Martín Giner, el autor, de modo sarcástico y divertido, le saca la punta al cuchillo de asesinar y convierte el argumento en una parodia del género policíaco. Y a través de unos diálogos ingeniosos y unos personajes aparentemente capacitados, nos resultan incongruentes y un tanto torpes, sobre todo el inspector.

Ese inspector con parte de Colombo por los despistes, de Poirot por lo observador, de Holmes por las deducciones, de Clouseau por lo patoso, de Mortadelo por la inocencia, entabla un diálogo con el sospechoso mayordomo que intentará exculparse acusando y enredando las relaciones entre ellos dos. Si yo soy yo y tú eres tú, ¿quién es más tonto de los dos?

Así, hilvanarán un juego dialéctico donde nada es lo que parece y nos sacarán unas risas a golpe de ingenio.

Carlos Santos dirige la comedia con la lógica del absurdo, respetando a los personajes y sin reírse de tan ridículas situaciones. Como debe ser. Y Pedro Segura y Vincenç Miralles, también con la seriedad de unos personajes un tanto estrafalarios, nos hacen pasar una velada muy agradable y disfrutando.

El suspense está servido. La risa flota en el ambiente. No hay sangre evidente. La razón ha perdido el sentido. Las piezas no encajan. Lo impredecible no puede deducirse. Han sido 75 puñaladas, pero dadas sin saña ni acritud, solo porque era lo preceptivo. Lo que importa es… ¿Descubriremos al final quién es el asesino?

Nos basta con constatar que hemos asistido como testigos a la aparición de un muerto que está muy vivo, el teatro policiaco divertido.