Los esclavos de mis esclavos

Alberto Morate

Sometidos. Secuestrados. Quizás pagando con la misma moneda de cambio. Situación comprometida.

Al borde de la vida, al borde de la muerte.

Al otro lado de la tierra prometida y nunca conseguida.

El infierno en una cueva, buscando respuestas, haciendo preguntas, sintiéndose solos, queriendo comprender, pero hablando un idioma de sordos.

No necesariamente ininteligible, sí alejado de lo que unos y otros opinan.

Yanquis, franceses, españoles, rusos,… quién conoce realmente otras culturas.



La existencia para unos está en occidente, para otros solo mirando el sol y la luna, para algunos reclamando y ofreciendo ayuda, pero debería hacerse sin fanatismos, sin creencias que nos limitan, sin perder la condición de humanos, no esclavos de nadie, ni de ideas ni de política. No debiera haber hoy en día, ni esclavos ni prisioneros, ni cautivos, ni subyugados, ni oprimidos. Pero la libertad es una utopía.

Julio Salvatierra escribe un texto de carne y hueso, Los esclavos de mis esclavos, duro, real, valiente, pero no exento de humor ni de esperanza, inteligente, cien por cien humano, una agonía que quiere ver la luz, un sentir desde diferentes puntos de vista.

Y con una sobriedad impecable dirigida por Álvaro Lavín.

Con una interpretación sutilmente sublime e impecable, Fran Cantos, Elvira Cuadrupani, Inés Sánchez y el propio Álvaro Lavín, nos muestran un atardecer impresionante.

Puesta en escena soberbia en la Sala Negra de los Teatro del Canal,

el silencio remendando el corazón de los asistentes,

la sangre bombeando con la pasión del buen teatro, el actual, el que sirve para comprometerse, el de hoy que es el de siempre, el que hace amar esta profesión, el que persuade, el que se requiere.