Albert y Boadella y El Sermón del Bufón

Alberto Morate

Que Albert Boadella es un hombre de teatro, un cómico, un actor, un juglar, un titiritero, un payaso escénico, un burlón, un poco pícaro, un histrión, algo de mimo, ancestral arlequín, un albardán, un descarado,… nadie tiene dudas.

Que se ha dejado la piel, pero sobre todo, el alma, el ingenio, el intelecto, la pasión, que ha derrochado talento, perspicacia, sagacidad, gracejo, comicidad, sarcasmo, ironía, lucidez, crítica,… tampoco hay que ponerlo en entredicho.

Aunque tenga sus defensores y sus detractores. Lógico. Todo aquel que destaca de alguna manera tendrá sus seguidores y sus enemigos acérrimos.

Por eso hay que alabarle que, después de varios años, coja otra vez el escenario por el mango de la concha del apuntador, y nos cuente su trayectoria, sus ideas, sus opiniones, sus percepciones, sus planteamientos, (no tanto de sus emociones y de sus sentimientos)… si bien estemos o no de acuerdo con él o difiramos en su criterio.

Mas con alarde de buen teatrero, se pone en la piel de un joven Albert que se mantiene en su fuero interno. Y también nos hablará Boadella, que aunque inseparable de Albert, tiene la serenidad y el sosiego de un hombre hecho y derecho. Y también está el bufón, que subido en el púlpito de su sagrado templo teatral, nos relatará lo bueno y lo menos malo, lo que fue y lo que sigue siendo.

Y sin darse de gran intérprete, (ya lo dice él, que por eso se dedicó más a la dirección y creación), hará mímica, nos contará cuentos de otros tiempos no tan lejanos, será uno y otro, nos revelará su pasado y algunos secretos, y afirmará que lo bueno del teatro es eso: que se desvanece como el humo en el aire, que las palabras se las lleva el viento, que se degusta y se saborea en el momento.

Sí, se convierte en cronista de una época, pone el dedo en la llaga de ciertos personajes, se mofa y se pone serio. Será incisivo, pero no tanto. Será transgresor pero con tiento. Proclamará su verdad aun sabiendo que algunos le quitarán méritos.

Y a mí, después de oírlo y de verlo, de que nos cuente lo que le pasó y nos muestre algunos ejemplos, se me queda la certeza de que no hemos avanzado; muy al contrario, me queda la sensación de que estamos viviendo un regreso al pasado, con menos creatividad, con menos libertad aunque parezca un descabello, de que hace falta un poco más de riesgo.

Como si mi joven Alberto, o el niño que todos llevamos dentro, me estuviera pidiendo paso, que no permiso, para despertar de un rutinario sueño. Como dice Boadella, que el teatro esté vivo y sea el reflejo de esta sociedad. Y no nos conformemos.