Prefiero Que Seamos Amigos (aunque te quiera)

Alberto Morate

Cuando uno es joven, muchas veces no se sabe a qué carta quedarse ni qué decisión tomar. Después vendrán los arrepentimientos, o los aciertos. Pero, lógicamente, se tienen dudas y uno teme equivocarse. Es cuando surgen las relaciones de amigos, y de pareja, y de grupo, y hay que empezar a poner prioridades.

Nos gusta alguien, nos sentimos atraídos por otra persona, y no nos atrevemos a decirle nada por temor a perderlo como amigo. O, al contrario, pensamos que puede haber “algo más” y nos dan unas rotundas calabazas.

Sin embargo, cuando uno ya está en edad talludita (o madura), y ha vivido suficiente, se piensa que está más seguro y que los errores no tienen tanta importancia. Craso error. En hablando de relaciones personales, y cuando alguien nos gusta, cuando nos sentimos enamorados, cuando pretendemos la atención de alguien en concreto, las inseguridades vuelven a tomar forma. Y nada peor que ver que entonces alguien nos dice: Prefiero que seamos amigos . Se nos derrumban las expectativas y las ilusiones. Pensamos que la otra persona había notado algo, que una palabra, un nimio detalle, era signo de un amor sin límites.

Y es cuando, armados de valor, pensamos que nada se puede perder. Tan solo una gran amistad cultivada. Nada menos. Pero, hete aquí, que entonces se destapan todas las mentiras y salen a la luz otras realidades.

Esto es lo que pasa en el texto de Laurent Ruquier, que sorpresa tras asombro, el personaje de Claudia descubre que a quien amaba no es la misma persona que quería. Y lo hace con elegancia, gota a gota, poco a poco, también para descubrimiento de los espectadores. Se va destejiendo el ovillo de un personaje adorable (Valentín que no será Valentín), al que no se puede odiar, porque también le queríamos ya antes. Incluso pienso que no harían falta las explicaciones de ambos personajes de forma directa al público. Lo hubiéramos entendido perfectamente. Y de esta forma, con un buen texto y unos personajes creíbles y cercanos se meten al espectador en el bolsillo del corazón.

Lolita Flores y Luis Mottola están compenetrados y se hacen simpáticos y atrayentes. Ocurrentes. Familiares. Como amigos de siempre. Se les quiere. Se hacen querer. Como la pareja que interpretan, que cada uno quiere a su manera, pero se necesitan y se requieren.

La directora Tamzin Townsend se encarga de tratarlos con cariño, también los quiere, y aún midiendo cada frase, cada ritmo, cada palpitación, los deja hacer para que se sientan libres y sin corchetes.

El público lo agradece. Estamos ante una estupenda comedia de texto y de intérpretes. Y los queremos. Queremos y preferimos que sean nuestros amiguetes.