Uz, el pueblo (de Job)

Alberto Morate

Uz, ¡uff!, aquí hay que andarse con cuidado, porque “en mi pueblo, sin pretensión, tengo mala reputación”, y nada es verdad ni nada mentira, todo depende de con la sangre que se mira.

Todo parece marchar bien este pueblo de Job, ancestral de culto (no de cultura) clásico, hasta que aparece Dios o quien demonios sea y lo trastoca todo porque pide un imposible, algo que ninguna madre, en su buen juicio, haría. Pero en Uz puede ocurrir cualquier cosa inesperada porque no es una obra realista. Aunque los temas que trate sean rabiosamente actuales y de hoy en día.

Pero a partir de ahí, de esa petición irracional y desmedida, se desencadena toda la inconsciencia y el subconsciente de lo políticamente, y socialmente, incorrecto.

Desde el humor se tocan temas escabrosos como la homosexualidad y la transexualidad, la devoción religiosa, las relaciones personales y familiares, el abuso y la manipulación del  clero, los celos, el fanatismo, la ruptura de los convencionalismos.

Tanto en su puesta en escena, dirigidos por Bárbara Risso, como en su interpretación, los actores se muestran esperpénticos, ridículos, excesivos. Provocan, imaginan, luchan, sobreviven a las convenciones, palpitan, pero muestran cierta transgresión desfasada y exagerada en las formas. El texto de Gabriel Calderón así lo grita. Demasiadas vueltas a lo mismo, un poco más escueta hubiera prendido mejor en la conciencia de los que asistimos.

Apuesta arriesgada la de Paco Sáenz en la nueva sala de La Encina.