Un Chico de Revista

Alberto Morate

El género de la Revista tiene su público. Incondicional, entregado, fiel. Y no es para menos. La gente quiere ver luz, color, bailes, canciones, bellas actrices y cantantes, hombres bien musculados, diversión, olvidarse por un rato de problemas y congojas.

Pero como cualquier espectáculo en directo tiene que reinventarse en cada momento. Para sentirse vivo, para atraer a nuevos espectadores, para darle la dignidad necesaria.ç

Eso ocurre con Un chico de Revista. Sin salirse de la clásica estructura de plumas, lentejuelas, música, actores que interpretan y cantan, la consabida escalera, los guiños al público,… en el libreto de Juan Andrés Araque se busca darle una vuelta de tuerca. Y así, la vedette se convertirá en “él”. Por primera vez, un hombre será el protagonista absoluto de la Revista. Todo bien enlazado con un guion solvente, obvio en muchos momentos, pero que nos da todos los detalles como en un texto teatral convencional. Hay trama. No es simplemente una sucesión de números musicales. Aunque estos se suceden con un ritmo adecuado a lo que se está viendo. Pasamos por diferentes escenarios, situaciones, personajes, y una época donde La revista estaba en pleno auge: los años 60.

Se agradece ese espacio teatral en el argumento y en la dirección de la obra, por Juan Luis Iborra, que conoce ese lenguaje. Y la música suena excelente dirigida por César Belda. Mezclando diversos ritmos y canciones.

Los intérpretes están perfectos. Empezando por Rosa Valenty, en su papel de vedette ya venida a menos pero que no quiere darse cuenta. El joven gitano que quiere triunfar en la Revista sin renegar del flamenco, Cayetano Fernández, sensible y natural. Ángel Pardo como el empresario enamorado de todo lo que hace, y con fe ciega en sus proyectos, se atreve también a cantar en un momento y lo hace estupendamente. Edu Morlans, Pepa Rus, Andreu Castro, María Vidal,… y todo el elenco, bien medidos, acompasados, refrescantes.

Como dije al principio, con un público entregado y expectante, aplaudiendo cada número, se les notaba que ya tenían ganas de volver a ver una Revista después de veintitantos años, en el templo de Lina Morgan, donde ella lo hizo grande y popular: el teatro de La Latina.