Flamenco en Las Tablas

Alberto Morate

Rompe el silencio el rasgueo de la guitarra. Canta, gime, llora, grita,… en las manos de Pepón Niño Manuela, Juan José Ramos, y nos empieza a envolver con su ritmo hasta que la voz profunda de Juan Debel nos eriza el cabello y sentimos el duende del flamenco en nosotros mismos.

Aparecen entonces Marisa Adame y Rafael Peral, bailaores, con sus diálogos de brazos y manos, y taconeo incesante, sus expresiones dolientes y su sensualidad acechante.

El tablao tiembla. Las Tablas aguantan el envite tarde tras tarde y noche tras noche. El FLAMENCO, así con mayúsculas, se hace fuerte, presente, vivo, emocionante.

Nos ha atraído a este espacio, a este rincón de Madrid en la Plaza de España, la llamada de las soleares, los palos del flamenco en todas sus vertientes, el quejío, la alegría, las bulerías, los fandangos,… el arte que “no se pue aguantá”,… el que no es simplemente folclore andalú, es flamenco escénico, estilización culta y dramática, sin renegar de lo popular, bebiendo de lo ancestral y de las nuevas tendencias que lo impulsan como merecedor de espectáculo musical y que no sea solo para turistas.

Aunque se aproveche esa demanda, como es lógico, y algunos mientras tanto, saboreen un buen vino, o estén cenando.

Se admira y se siente profundamente el arte flamenco en vivo y en directo, tan cercano que puede olerse,  porque repercute en las carnes. Hay ese “no sé qué” inexplicable del cante y del baile flamenco, de la guitarra, “corazón herido por cinco espadas”.

Flamenco efervescente, flamenco palpitante, flamenco castizo y actual. Flamenco nuestro.

¡Ole!