SED que no se calma

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No es nada fácil abordar un tema tan escabroso, tan repudiado y poco admitido socialmente, tan frágil y delicado, tan desconocido, tan incomprensible por otro lado, tan dramático y, al mismo tiempo, tan de nuestros días, tan mediático, tan personal.

Alejandro Butrón lo hace con enorme sinceridad y sin medias verdades. No ocultando detalles. Y nos muestra un texto duro y enérgico, muy bien estructurado, sin mojigaterías, sin falsas compasiones, afrontándolo directamente. Puede que el personaje principal no haya cometido delito, es un pedófilo que sabe del horror de sus pensamientos, y se lo cuenta a su pareja para que le ayude a afrontarlo. Pero desde entonces, ya todo será distinto.

Ese protagonista interpretado certeramente por Mariano Rochman que se muestra aturdido, confundido, consciente de la gravedad de un mal que está en su interior. Cuando por fin se decide a pedir un poco de agua que le calme la SED que siente por dentro, genera ansia en ella, en su pareja, todo se derrumba. El personaje se desnuda ante una evidencia que él mismo quería ocultarse. Hasta que no puede más, pide ayuda, lo grita sin dar voces, sabiendo que solo le puede comprender quien mejor le conoce, su mujer, aunque desde ese momento se abre ante ella, (también estupenda Sauce Ena, y real y vivida), un hombre desconocido, alguien a quien puede llegar a temer, las sospechas, el pasado oculto, el abismo de la incomunicación pero, sobre todo, de la incomprensión. Aunque lo intente, las piezas de lego se irán desencajando, nunca más volverán a estar en orden.

Todo ha cambiado. Ahora los dos personajes tienen SED que no se calma con la verdad y no se sacia solo con las palabras. Esto ya no es un juego, el `playmobil´ de lo infantil se derrumba. No se pueden mantener las apariencias como si nada hubiera pasado, aunque no haya pasado nada. Todavía.

El director, César Barló, ha tenido la sensibilidad suficiente y el rigor de tratar el tema con cariño pero con opresión, con eficacia casi judicial, con pulcritud exquisita. Y los actores están magníficos. Hacen que comprendamos a los personajes, los humanizamos por sus palabras y sus gestos, su infierno interno, aunque no los envidiamos.  No quisiéramos estar en su pellejo.

Al salir de la función queda ese regusto amargo de haber visto una obra de teatro íntegra, de una pieza que sí encaja, valiente, decidida, y un tema que nos eriza la piel, que nos pone en guardia, que nos revuelve las buenas apariencias.

Muchos textos así nos hacen falta. Textos así y puestas en escena, e intérpretes que nos los hagan sentir de esta manera. Teatro de hoy en día, nuestro, para sentir y tomar conciencia.