Lavar, Marcar y Enterrar

Alberto Morate

 

De todos es sabido que en una peluquería puede pasar casi cualquier cosa. Simplemente por lo que cuentan peluqueras y clientas. Hablo en femenino, pero bien pudiera decir lo mismo de las llamadas peluquerías de caballero. Aunque está muy extendido ya el que sean unisex o mixtas. El caso es que ahí, en ellas, se chismorrea, se afirma, se jura y se conjura, se pone la mano en el fuego, se critica, se alaba, se arregla el mundo o se despotrica. Eso, a ojos vista. O mejor dicho, a pelos despeinados.

Pero cuando la peluquería en cuestión se llama Corta Cabeza, y lo mismo está abierta que cerrada, y que la acción se desarrolla en el momento presente o en el pasado, y que los personajes que la transitan son tan peculiares como dos falsos y eventuales secuestradores, que en realidad son ladrones; la peluquera jefe, que demuestra un gran aplomo y no se amilana ante nada, o su ayudante que sufre de todos los males paranoicos habidos y por haber,… entonces te encuentras con una estupenda y divertidísima obra de teatro que lleva por rótulo Lavar, Marcar y Enterrar y ese título es por algo, indudablemente.

Su autor y director, Juanma Pina, elabora una comedia que se enreda por momentos, como los pelos de la cabeza recién lavados. Marca las situaciones con un ritmo casi frenético, como cuando nos cortan el pelo con habilidad de manostijeras. Y entierra el mal humor para convertirlo en hilarantes situaciones que, aunque lo parezcan, no son nada estrambóticas, sino que tienen su sentido lógico y las cosas suceden porque pasa lo que pasa y con la dueña del negocio no se juega.

Ahí está, Elisa Matilla, al frente de la escena, demostrando sus dotes de estupenda actriz-peluquera. Desparpajo, soltura, desenvoltura, descaro. Y Mario Alberto Díez, tan hierático, pero no inexpresivo, obsesivo compulsivo, es el que provoca las carcajadas más sonoras. Juan Caballero y Álex Larumbe, dan la medida justa de sus personajes un poco torpes e inseguros, arrancando también no los pelos de la cabellera, sino buenas risas y contribuyendo a que la obra se desarrolle con la solvencia de una gran comedia, heredera del gran Alonso de Santos, de Tono, o incluso de Jardiel Poncela, con menos personajes, eso sí.

Pidan cita y hora, que esta peluquería se llena y saldrán más guapos, con la sonrisa en la boca.