Estaciones de Isadora

Alberto Morate

Un piano. Y un pianista. Un armario de espejo. Una bailarina. Una actriz. Una artista. Un lago en un cajón. O el mar, las olas del mar, el movimiento escénico. El suelo puro y duro. El aire. La atmósfera. El silencio. Poesía. Poesía en esencia. Desde el programa de mano, desde esta sala tan acogedora y sugerente, tan entrañable, tan viva, tan teatral: Teatro Tribueñe.

Un acto de amor. Un monólogo sublime. Un darse por entero, unas palabras que vuelan y que bailan. Las luces que escuchan. Las notas del piano que hablan, que nos cuentan secretos.

Las manos de Mikhail Studyonov. El silencio y la voz y la respiración de Beatriz Argüello. Isadora Duncan en su cuerpo. El día de ayer en el de hoy. El agua que limpia y refresca y distingue. Un cisne que muere para que nazca un mito.

El corazón de Isadora en el exterior. En ella, en Beatriz, en nosotros, espectadores que nos envuelve con su delicadeza y su dolor. La sensibilidad del texto de Hugo Pérez de la Pica. Ahí, en el centro de escena, como un sol, como la luna llena, como el alma que nos habla y nos baila y nos acaricia.

Las estaciones de Isadora, ¡qué manera más sutil de representárnosla! Solo para seres sensibles que aprecien el arte como un suspiro de belleza que dura el tiempo de una sonrisa, de una pena, de una pequeña y elegante función poética.