5 y… ¡Acción!

Alberto Morate

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El cine dentro del teatro o el teatro hecho entramado de cine. Lo cierto es, que como en los mejores guiones de esparcimiento, de entretenimiento, de comedia, de enredo,…  la función va ganando en fuerza, en comicidad, en disparatadas situaciones y, al mismo tiempo, clavando puñaladas sarcásticas e irónicas del enrevesado mundo de la comunicación audiovisual y cinematográfico.

Utilizando una frase hecha, de esas que no le gustan al productor de la obra, Adolfo, (Carlos Sobera, espléndido, divertido, ágil, en un rol que no sé si le va al pelo, pero que borda), digo, el texto pone los puntos sobre las íes, hace sus primeras armas, y el guion se va desarrollando con tópicos pero bien pergeñados. Un guion aparentemente sencillo, que se va complicando. Todo es típico, obvio, previsible, y todo lo hacen fresco, divertido, jugando con esas armas del buen teatro cómico: engaños, malas actrices sin nada en la cabeza que acabarán dando en el quid de la cuestión, venderse y comprarse en un ambiente falso donde cada uno mira por sus intereses, puertas donde se esconden los personajes, paños menores, sorpresas varias… las escenas se suceden sin tregua, a un ritmo casi endiablado, y todo aderezado con imágenes de vídeo y cameos de actores, todos esperando no la oportunidad de su vida, sino no quedarse sin trabajo.

El texto de Javier Veiga, a la sazón director e intérprete, me ha parecido de lo más logrado. No deja cabos sueltos. Lo que parece que se enreda, luego se hace un nudo y vuelve a su estado primigenio. Y ahí nos describe un mundo exageradamente complicado, de envidias, de adulaciones y de zancadillas, pero con el regusto de que son buena gente, después de todo.

Y todo el elenco está estupendo. La mala actriz que demuestra con su interpretación que para hacerlo mal hay que ser bueno, Marta Hazas, y Marta Belenguer, como siempre, a la altura, sensacional, sin llamar excesivamente la atención pero llenando el escenario. Y la maravillosa Ana Rayo, que asume el papel de Antonia, con desparpajo, con ternura, se hace querer por su desvalimiento. Javier Veiga, ha dado en el clavo. También estupendo como actor, y mostrando el cariño por su texto, el inventado y el que se representa.

La comedia comienza con unas suaves sonrisas y nos acaba atrapando en carcajadas. Es digna de esas obras que nos vienen de fuera, y que nos anuncian a bombo y platillo, no sé cuantos años en cartel.

Cuenten hasta cinco y pónganse en acción, vayan a verlos. Ahora en el teatro Reina Victoria, pero espero que la muevan por muchas otras plazas y que otros puedan disfrutar de ella, sin engaños.