Jardiel, un escritor de ida y vuelta

Alberto Morate

jardiel

Da gusto. Y mucha risa. Y cierta nostalgia. Y admiración. Poder contemplar después de los años un montaje de calidad con un texto de Enrique Jardiel Poncela. El Centro Dramático Nacional con Ernesto Caballero al frente se encarga de esta necesaria tarea. Porque es cierto que un teatro público como el María Guerrero y el CDN, deben buscar nuevas alternativas, no cerrarse a las innovaciones, a lo último, a dar la oportunidad a autores y directores contemporáneos. Pero también, y tiene capacidad para ello, no dejar en el olvido otros textos que van cayendo en desuso, en el agujero de los prejuicios, o rescatar títulos bien conocidos por calidad intrínseca y por no haber dejado de representarse nunca. Es el caso de Un marido de ida y vuelta.

Me consta que Jardiel se estudia, (de pasada), en los institutos y colegios de enseñanzas medias, y que se hacen montajes repetidos y reiterados de sus obras. La cantidad de personajes que saca hace que sus obras sean buscadas para grandes grupos de estudiantes. Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Una noche de primavera sin sueño, Usted tiene ojos de mujer fatal, Eloísa está debajo de un almendro,… Otra cosa es la precariedad o medios con los que se representan.

Pues bien, hoy tenemos la oportunidad de verlo en una gran puesta en escena, pero no solo por sus decorados, vestuario, luces, efectos,… sino por su sensibilidad, su gran interpretación, su aclaración de quién era Enrique Jardiel Poncela.

El director, que firma la versión también, lo trata con cariño. Con el cariño de un hombre de teatro. Con el cariño de quien ha hecho otras versiones más humildes y sencillas. Con el cariño del que aprecia que ahí tenemos un texto al que se le saca un partido estupendo. Y le añade unas notas sobre la figura del autor. Al principio y en los entreactos. Metateatro. El teatro dentro del teatro, tanto escenográficamente como con el personaje del escritor, que se nos presenta fantasmagórico al igual que el personaje principal de la obra. Gran acierto.

Y el elenco estupendo. Parece hecho a la medida. Empezando por ‘Pepe’, Jacobo Dicenta, que nos facilita la idea de ver cómo era realmente Jardiel. Y siguiendo por ‘Leticia’, Lucía Quintana, sensible, suficientemente loca y expresiva, emotiva. ‘Paco’, Paco Ochoa, perfecto en su condición de amigo y segundo marido. ‘Gracia’, Carmen Gutiérrez, divertidísima, al igual que los personajes de Macarena Sanz y Luis Flor, humorismo puro y bien llevado. O Paco Déniz en el fiel sirviente que intenta reflejar el contrapunto cuerdo a tanto desatino.

Algunos hoy, siguen teniendo reticencia por un dramaturgo grande en el plano cómico. Como si la comicidad no tuviera que ver con la calidad. O, simplemente, porque triunfó en un período oscuro con unas risas blancas y abiertas, sin compromiso político. Pero hay nostalgia, hay amor, hay disparate, hay entretenimiento, hay juego, hay teatro, hay el espectro de un autor vivo.