La Rosa de Papel

Alberto Morate

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Valle Inclán, ¡qué grande! ¡Qué denostado! ¡Qué difícil! ¡Qué impresionante! Y qué valentía y arrojo la de Irina Kouberskaya para poner en escena esta pieza de El retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte como apuesta única y definitiva. Tiene entidad y suficiente prestancia para hacerlo, y nos lo sirve con la técnica del esperpento llevada al límite.

La tragedia hecha parodia, la codicia infrahumana, el bajo instinto, la precariedad, la deshumanización de los personajes que se presentan como títeres, la distorsión de los sucesos, los rituales,… todo eso está en este estupendo montaje del Teatro Tribueñe.

Irina Kouberskaya conoce a Valle. Y lo trata de tú a tú, sin complejos. Sin miedos, afrontando su propia lectura que resulta ser explícita y contundente. Sin titubeos. Sin pausas. Trayéndonos esa liturgia de las saetas, de plañideras que no lloran porque es ley de vida, de vecinas que quieren sacar tajada, de criaturas que hipan y lloran sin saber qué pasa.

Y las actrices, y los actores, no inmensos porque tienen que representar personajes de baja estofa, derrotados, descreídos,… lo bordan. Antorrín Heredia, Nené Pérez-Muñoz, Chelo Vivares, Rocío Osuna, Carmen Rodríguez de la Pica, José María Ortiz, José Manuel Ramos, y el magnífico cantaor Jesús Chozas. Todos grotescamente dibujados, patéticos, maliciosos pero  compasivos, interesados pero bien dispuestos.

Nada de obra menor, obra grande, dura, teatro maldito, teatro de vísceras hecho con el corazón y con mucho, mucho cariño.