Escuadra hacia la muerte

Alberto Morate

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Cuando ya desde pequeño empecé a interesarme por todo lo relacionado con el teatro, como título y obra que guardo en mi memoria desde entonces, está Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre. Había otros títulos, lógicamente, Historia de una escalera, Tres sombreros de copa, las obras de Lorca, algo de Casona, un poco Valle, Arrabal, y, por supuesto, los clásicos del barroco. Pero la obra de Sastre, esa Escuadra hacia la muerte, me producía un gran respeto. Y admiraba a sus intérpretes aunque yo no pudiera verlos en directo. Cuando se estrenó yo aún no había nacido. Pero los más mayores que yo me hablaban de ella, y veía las fotos, y la leí, y ya me pareció fuerte, arriesgada, dura.

No la había vuelto a revisitar. Y ahora me la encuentro de nuevo fresca. A pesar de su dureza. Y sí, Paco Azorín, el director, afirma que guarda un hálito de esperanza, que en realidad es una Escuadra hacia la vida. Queda veladamente explícito ese positivismo. El más joven de todos, el más puro, desnudo, saldrá a enfrentarse con la sociedad por construir y consigo mismo. Ese es el optimismo que veo. Nada más.

Porque la obra en sí, y el montaje, es una destrucción constante. Es una guerra interna de cada personaje, además de la externa que les condiciona. Es una cuenta atrás, aunque los días avancen. Es luz artificial, es sótano búnker, es radioactividad, es enfrentamiento perpetuo. Es verdad que introduciendo los bellos poemas de Bertolt Brecht introduce esa poesía necesaria sin la cual, posiblemente, no hubiéramos subsistido. Pero el texto es opresivo, angustioso, pesimista. Nos habla de una Tercera Guerra Mundial, pero esta es individual, interna, contra ellos mismos.

Y los actores, todos, lo hacen de vísceras y sangre, de confusión y golpes, mortalmente heridos. Todos magníficos. Julián Villagrán, el cabo despótico y sin sentimientos, pero el que los hace mantenerse vivos. Unax Ugalde, no muy alejado del carácter del cabo, líder innato, reprimido en su violencia hasta que se desata y entonces ya no hay quien lo pare. Agus Ruiz, Iván Hermes, Carlos Martos, todos con su historia personal detrás, que soportan como pueden y que traerá consecuencias irreversibles para el grupo. Y Jan Cornet, el que encarna el auténtico futuro, la esperanza, el pensar que no todo está perdido.

La atmósfera del ambiente está plenamente conseguida. Se hace intensamente creíble ese espacio de ratones, ese zulo donde están secuestrados y detenidos, y solo pueden salir cuando su imaginación y sus sentimientos les hacen libres.

Alfonso Sastre, siempre vigente, debiera estar más en los escenarios sin que nos asombre. Bien, por el Centro Dramático Nacional que le ha quitado los grilletes.