La Piedra Oscura, ¡ay!

Alberto Morate

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¡Ay!, hay tantos lamentos y pasajes ocultos, y recuerdos perdidos, y momentos trágicos, y preguntas sin respuestas, y “piedras oscuras”, que, en algunas ocasiones, solo nos queda el ´quejío´. ¡Ay!, del Lorca que se fue por el río. ¡Ay!, Lorca que se fue y no vino. Y ya no volvió, pero se quedó para siempre en nuestros destinos.

Alberto Conejero escribe un texto profundo y bello sobre uno de los amigos y amantes de Lorca, Rafael Rodríguez Rapún que, como el poeta, pierde el alma y el cuerpo en la maldita guerra civil española. Justo un año después de la trágica ejecución del dramaturgo.

Y es una obra de desaparición y encuentro. Desaparición inminente, la condena de ser de un bando diferente, de tener que cumplir un bárbaro castigo. Y es un encuentro. El encuentro de un muchacho carcelero que no entiende tal desatino. Que también tiene miedo aunque esté, supuestamente, en el lado de los vencedores y no de los vencidos. Pero él ya está derrotado. Le puede su juventud, la incomprensión de no entender lo que está pasando, de ver a un ser humano ya rendido,  que le pide un favor, muy sencillo, pero que de ese favor dependerá el valor de dejar de ser un niño.

Insisto. Un gran texto, poético, inspirado, duro, que quiere rescatar el olvido. Y la dirección de Pablo Messiez que trata a los actores y al escrito con gran cariño. Lo hace sobrio, adecuado al ambiente descrito, casi amarillo, como el tiempo que pasa en las fotografías de otro poeta que murió también puestos los grillos.

Y dos inconmensurables intérpretes, Daniel Grao y Nacho Sánchez. Se les aprecia el temor, casi el frío, el dolor de los cuerpos y de sus inciertos sinos. La sensibilidad en las palabras, en el texto, en las miradas, en los silencios, en los gestos, en los ruidos.

Es un montaje que eriza la piel y humedece el cristalino. Que solo de pensarlo da escalofríos. ¡Ay!, que el buen teatro como este no pase desapercibido.