Poema de EL REY LEÓN

Alberto Morate

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Estalla el color de África y sus voces, sus danzas, sus amaneceres, rompe el sentimiento con elegancia y nos cuentan una historia que nos llega al corazón a través del asombro sorprendente.

Hay canciones de la memoria colectiva, la gente está expectante, no hay viento, el aire está en calma, es la sabana en La Gran Vía.

Como por arte de magia y sabiduría, de ritos ancestrales y rituales, los animales humanos se reúnen a rendir pleitesía al Rey León y su familia.

Están todos, sin que falte nadie, las tribus y los poblados, los elefantes, las jirafas, los monos, las cebras y antílopes, gacelas y panteras, rinocerontes y las aves. La flora también crece, el agua, el sol, las montañas, el ritmo de tambores, y las estrellas de la noche, el aire y las nubes.

Nos envuelven con su música, con las canciones, con los bailes, con el colorido variado y perenne, los vestidos, las pieles, todo un espectáculo de arte y sensaciones.

No voy a desvelar aquí la creatividad de sus autores ni la solvencia sobrada de los intérpretes. Es un musical que no solo envuelve por la composición musical y la coreografía, por otro lado magníficas. Llena, satisface, conmueve.

Además es una historia de valores. De arraigo, de honor, de traiciones y de tradiciones, de envidias, de amistad, de amores. Y conciencia sobre la importancia de ser buenas personas aunque sean animales sus protagonistas.

No me extraña que llene todos los días.

No voy a hacer crónica ni crítica. No les hace falta. Basta con decir que el elenco es perfecto, que la elegancia de la puesta en escena es infinita, que el Teatro Lope de Vega es África misma, que la dirección musical es exquisita.