Sueño de una noche de verano, por Trece Gatos

Alberto Morate

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Es verano. Es de noche. Sueño. Hace calor. La luna está en lo más alto. Vislumbro sombras. Recuerdo a Shakespeare. Y me lo imagino. Lo pienso. Escribiendo frenéticamente una historia de magia y misterio. Hadas del bosque, lo más natural del mundo. Artesanos que realizan su trabajo por la noche para hacerle un quiebro al calor. En la ciudad, los enamorados conciertan sus encuentros. Pronto habrá boda del duque. El rey y la reina de las hadas y los trasgos se disputan celosos la posesión de un efebo. Y Shakespeare lo mezcla todo, y los confunde, y los transforma, y juega a divertirse con el argumento y los personajes. Y crea una historia que debe acabar bien, porque si no, no será el final y habrá que encontrarlo.

La Compañía Trece Gatos y su alma máter, Carlos Manzanares Moure, también se atreven con tamaño texto. Le dan la vuelta, lo hacen suyo, y nos lo ofrecen a su manera, pero eso sí, con grandísimo respeto.

Y creen que deben explicarnos a través de un lenguaje nuevo y desconocido para el bardo inglés, el cine, que las hadas siguen existiendo. Claro que existen, le explica Ricardo Darín a su hijo y, por ende, a nosotros mismos. Y, a partir de ahí, comienza la historia, donde hadas y artesanos se mimetizan porque tanto unas como otros y otros como ellas, tienen algo de sobrehumano, pero que les hace imperfectos, y cercanos, y graciosos, y despistados, y quieren ganarse el favor del duque y no quieren estar a malas con los reyes de las sombras del bosque fantástico.

Extraordinaria versión la de Trece Gatos, teniendo enfrente a Carlos Manzanares Moure. En un ambiente casi gótico, prácticamente en blanco y negro, (no puede faltar el rojo que simboliza el poder, la acción, la vitalidad, la pasión), hadas y artesanos pululan intentando ensayar una obra imposible. Dos parejas de enamorados confunden sus objetivos. Titania y Oberón tiene sus desencuentros pero siguen queriéndose y necesitándose. Puck lo trastoca todo pero le pone arreglo. En eso no cambia la historia de Shakespeare. En lo que cambia, y nos sorprende gratamente, es en el modo de hacerlo. En los toques de actualidad, en el cariño que le ponen los actores, no exento de profesionalidad, y bien medido, bien pertrechado de ritmo, en la proximidad a nuestro tiempo.

Gran esfuerzo y trabajo se ve en todo el montaje. Y, aunque no se puede destacar a ninguno en concreto, porque todos están perfectos, sí quiero nombrar a Raquel León, codo con codo con el director en las labores de coordinación e interpretando a Puck, divertida y dicharachera. Y a Natalia Bermejo, magnífica en su rol de Telaraña y burro en su momento. A Ángeles Laguna, con su solvencia y su buen hacer. Y a Marta Álvaro y María Díaz junto con Carlos Vellisco y Ángel Baena, bien conjuntados en su parejas de despistados novios. Pero las hadas en general y todos, correctamente bien situados, bien interpretados, estupendamente actuados. La música adecuadísima y las imágenes de cine, no rechinan, al contrario, nos trasladan a ese mundo fantástico del que estamos hablando.

Los fines de semana, de momento, en el Teatro Arlequín, y esperemos que en las funciones que les quedan, a teatro lleno.