La Cena de Los Idiotas, no tan idiotas

Alberto Morate

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Su 7ª temporada comienza La cena de los idiotas de Francis Veber. Y no es para menos. Una comedia más que solvente, bien estructurada, con un guion sin desperdicio, una adaptación y dirección a la medida de nuestra realidad actual y más primigenia y, por ende, una interpretación magistral, que nos viene ahora conducida por la mano de Josema Yuste que la interpretó las primeras temporadas.

De idiotas, es verdad, está el mundo lleno. Idiotas, pero en el sentido más peyorativo del término, de los que quieren burlarse los “insignes” anfitriones de unas cenas semanales en las que pretenden reírse de la sencillez o simplicidad de unos pobres parias, de unos buenos hombres, solitarios en muchos casos, infelices muchas veces, pero siempre, ingenuos. Al final, o durante el proceso, veremos que tales idiotas no son estos. Sino los que creen que están por encima de los afectos. Por encima de las relaciones personales, de la amistad, creyendo que triunfar es reírse de los otros, que ser superior es tener más dinero, que su estatus social les permite jugar con las personas como si fueran muñecos.

Tampoco tiene que ver la inteligencia y mucho menos la cultura. Aunque el personaje de Francisco Piñón diga al final, “qué cansado es ser inteligente”. Tiene que ver con ser eso, buena gente, con querer a los demás, con observar el sufrimiento de otros olvidándose del propio, pero también saber reírse de uno mismo en ciertos momentos. Esos momentos de equívocos, de malentendidos, de meteduras de pata.

Y en eso, La cena de los idiotas es un compendio de buena comedia. Desde el principio no hay más remedio que soltar la carcajada y disfrutar de la grandísima interpretación de Ramón Langa, Santiago Urrialde,… y, sobre todo, la de Agustín Jiménez. Con la grandeza de los máximos exponentes de nuestros cómicos de todos los tiempos. Agustín Jiménez me evoca al extraordinario Cassen, pero también a Antonio Garisa, a López Vázquez,… por poner solo unos ejemplos. De ellos bebe y en ellos se funde. Está, en una palabra, inmenso.

Y toda la obra, todo el montaje, destila ese “savoir faire”, nunca mejor dicho para esta comedia francesa que se representa con éxito ahora en el Teatro Rialto de la Gran Vía. Ustedes, que no son idiotas, querrán ir a verlo.