La Guerra del Sofá, nadie la gana

Alberto Morate

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La Guerra del Sofá de Manuel Hidalgo, podría ser un monólogo a dos voces, monólogo en forma de diálogo y reproches, y soliloquio entrelazado con apartes al público. Monólogo donde cada uno de la pareja nos muestra sus quejas del otro.

La pareja, el eterno tema de la pareja que se quiere pero no soporta ciertas manías, que critica pero depende de la otra media, que conviven en armonía pero que habría muchas cosas y costumbres que cambiarían, que se necesitan sin reconocerlo para no perder la guerra.

Esta pareja formada por Lola Baldrich y Gorka Mínguez no tienen pudor en mostrar sus pequeñas miserias. Esos momentos y detalles tontos que hacen que uno despotrique de detalles de la otra y ella de las nimiedades sin importancia de él.

Pero lo que no tiene importancia adquiere visos de drama, los detallitos que solo se mencionan en la intimidad o cuando hay mucha confianza con algún amigo para corroborar que en todas las relaciones de pareja cuecen habas.

Que si la tapa del retrete, que si reponer el papel (mal llamado higiénico), que si tirar la basura, que si salir por la noche con amigos, que si el mando…

¿Quién  realmente tiene el mando en esta Guerra del Sofá donde, posiblemente, el mando quede bajo el culo de uno de los dos? ¿Quién ganará esta guerra? ¿Quién tendrá la mejor estrategia? ¿Quién abrirá un nuevo frente o iniciará la próxima pelea?

Da igual, ninguno de los dos gana y los dos pierden poco a poco. Porque al cabo de los años se tira la toalla, y es cuando se llega a la guerra de silencios.

Pero de eso todavía no se habla. En la obra nos plantean una guerra en sus inicios, en realidad, son pequeñas escaramuzas, pequeñas batallas.

Lo bueno es que lo hacen con humor, con frescura, con desparpajo, de forma simpática, como si realmente estuviéramos de invitados en el sofá del salón de su casa.

Y nos divertimos porque es lo que a todos nos pasa. Y nos hace gracia escucharlo de labios de ajenos y extraños y nos solidarizamos como en un reflejo de cotidianeidad diaria. Así, pasamos un rato divertido, pensando, pues no soy el único que tiene esas costumbres, no son tan raras.