La Celestina de José Luis Gómez

Alberto Morate

celestina

La emoción comienza desde la primera escena. Un cuadro plástico e inmóvil de todos los actores entonando una melodía que pone la piel de gallina.

Después, comienza el teatro en estado puro. Personajes que se hacen vivos. Que pululan por el escenario, que sienten, que vibran, que creen en lo que hacen.

El primero, el gran José Luis Gómez, de alcahueta, de Celestina, y se nos olvida que es un hombre, porque lo hace tremendo, sin falsear, mujer tan curtida por la vida que da igual el sexo que tenga. Ella es él y él es ella. Encandila. Llena con su presencia el escenario. No podemos dejar de observarle y de escucharlo. Palabras calientes, palabras literarias, palabras libres.

Nada de mojigaterías. Es mucho y es grande el texto de Fernando de Rojas. Ya de por sí es un riesgo afrontarlo con garantías de calidad. Que no se pierda esa esencia renacentista, que, además, sea atrayente. Que sea teatral y poético. Vistoso y emocional.

Para eso hacen falta buenos actores, grandes actores. Desde Chete Lera, inmenso en el monólogo final de Pleberio, dolorido, sin aspavientos, muriéndose por dentro. Pasando por Raúl Prieto con la inseguridad de ese Calisto un poco mojigato y desorientado, y Marta Belmonte, gran Melibea, etérea, como si no fuera de este mundo, y Miguel Cubero, Diana Bernedo, Nerea Moreno, José Luis Torrijo, Inma Nieto y Palmira Ferrer. Hasta llegar a la Celestina Gómez. Ya lo hemos dicho, pero es que, además, coge las riendas de la dirección y la versión dramatúrgica. Y nos presenta un caramelo ácido. Con sabor a menta fuerte, un poco picante, que nos deja un regusto en la boca de sangre y tremendismo, un poco de sarcasmo, una lectura inteligente.

Dicen que en este mundo de la tecnología ya no se lee o se lee poco. Y menos los textos clásicos a los que se toma cierta aversión por el simple hecho de darlos a conocer, medianamente, en la Educación Secundaria Obligatoria. El teatro no sustituye a la palabra escrita. La complementa. Y, positivamente, es una buena forma dar a conocer estos textos a la plebe (en su concepto histórico), a través del teatro, del buen teatro, como es este caso. Si en la literatura no se abren las páginas de ciertos libros, tenemos la necesidad, la obligación, la posibilidad, de enseñarlos en un escenario, y hacer una lectura pausada, deleitándonos, recreando esas historias eternas que siempre estarán vigentes.