El Testamento de María, sufrimiento de mujer

Alberto Morate

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Quiero ser Blanca Portillo. Quisiera interpretar como lo hace ella. Quisiera que todos la vieran. Quisiera sentir como ella. Blanca Portillo abre el escenario con su llanto, con su voz que modula a la perfección, con su presencia. Hace mujer la mística que nos enseñaron desde pequeños. Pulveriza todos los registros. Nos sobrecoge y nos embelesa.

En El Testamento de María de Colm Tóibín, con adaptación y dirección de Agustí Villaronga, Blanca Portillo nos presenta una mujer que sufre, una mujer que perdió un hijo y solo eso es lo que cuenta. Una mujer que tuvo miedo de ser quien era. Ella y su hijo. Ella y su época. Una mujer a la que se le pide sacrificio, como si no fuera bastante con el dolor de perder lo más querido, lo que ha llevado en su vientre, lo que le ha desgarrado la existencia.

Ante todo, María es humana. Terriblemente humana. Ella no ha descendido de los cielos, ella creció en la tierra. Y ha tenido dudas, y miedo, y cobardía, y amor, y soledad, y persecución, y envidias propias y ajenas,… María es madre por encima de todas las cosas, ¡bendita sea!

El Centro Dramático Nacional nos ofrece esta María de carne y hueso, real y no como concepto, anciana ya, descreída, decepcionada, cansada de especulaciones e historias inciertas.

Desconocemos los motivos de haber sido la elegida ella. Desconocemos cómo se lo anunciaron, cómo quedó embarazada, qué pasó con José, cómo fue cambiando Jesús niño a Jesús hombre ante la popularidad y convertirse en líder de masas, por qué este le espeta, “¿qué tengo que ver contigo, mujer?”, por qué está sola, por qué la interrogan. El texto se centra en la pérdida del hijo, en cómo fue atrapado, cómo sufrió, cómo fue perseguido, por qué se empeñó en redimir a un mundo que no merecía la pena, si, a la postre, de nada sirviera.

En el enorme drama que nos presenta la actriz, en su llanto sin alaridos, en sus ojos llorosos, en su mirada perdida, en sus manos crispadas, en su voz quebrada, en su desesperación de conciencia de no haber hecho todo lo posible, en la soledad ante el público que emocionado la contempla, Blanca Portillo llena el escenario con su trajinar, con sus recuerdos a cuestas.

Magnífico el monólogo del sufrimiento de una mujer que no tiene respuestas.