ÉXODO, refugiados sin refugio

Alberto Morate

exodo

Caminan huyendo hacia la noche y hacia la nada. A veces caen en trampas, en zancadillas, en tiros perdidos que no los buscaban… Duermen en zanjas, sobre colchones de ladrillos derruidos y ratas. No dejan de soñar aunque ya no les queden más lágrimas. Se apoyan y se traicionan, el hambre es muy mala. Se abrazan para protegerse del frío y no sentirse fuera de casa.

Caminan como procesionarias, la cabeza gacha, las rodillas ensangrentadas, y aún tienen ilusión, si no ganas, para recordar una poesía, para cantar una canción en voz baja, para imaginarse en otro tiempo bajo un seguro techo, para apretar el puño y que la esperanza no se vaya.

Éxodo, 50 millones, dicen, que han perdido para siempre aquella seguridad de sus casas. Niños, mujeres y hombres de distinta condición, religión, sexo, raza. El mundo se mueve pero parece que lo hace en la dirección equivocada.

Éxodo, de Roberto Cerdá con textos de Julio Salvatierra e imágenes de Sebastiao Salgado. Sobrecoge el alma. El silencio puede tocarse, la pena saborearla. Ahí enfrente tenemos un mar de refugiados sin refugio, un desierto desolado plagado de historias rotas, una ciudad derruida, un tren de hacinados, un muro infranqueable de manos que imploran.

Quizá me sobra el mandatario de guitarra eléctrica que quiere descargar su conciencia con nosotros apelando a que tampoco hacemos nada. Quizá no podamos hacer más. Pero lo tenemos en la sensibilidad como una herida que no sangra pero duele, no hacía falta que nos lo echara en cara. Él es el menos indicado. Aunque, por otro lado, es el reflejo de lo que pasa.

Mientras tanto, la representación no continúa, la realidad se reafirma, los actores no interpretan, sufren, los espectadores no solo observan, se mentalizan. Aquí no hay tierra de paz, es tierra de penurias, pero tiene cabida el amor, que no será eterno pero será bueno mientras dure.

Este montaje llega al corazón. Hiere sensibilidades. Engrandece el espíritu. El teatro es un arma de denuncia y libertad y por eso debe utilizarse como llamada de atención y… como refugio.

Aunque, al final, en la playa, queden los juguetes de los niños que ya no juegan.