Palabras Encadenadas, vidas torturadas

Alberto Morate

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Confieso que había leído el texto Palabras Encadenadas hacía varios años y ya entonces anoté a lápiz al final del mismo: “Dura. Fuerte. Muy bien construida. Nos va metiendo en la tela de araña y cuando creemos poder salir estamos aún más inmersos. Muy interesante”. Y después la fecha que ahora no viene al caso.

Como soy director de escena, sobre todo de grupos de actores aficionados o casi, siempre que termino de leer una pieza teatral escribo mis impresiones básicas y primeras por si tengo que buscar un texto que ofrecer a esos grupos de barrio o de estudiantes amantes del teatro. Hay textos buenos que se te olvidan rápido. Y hay textos extraordinarios que, aunque sepas que no los vas a poner en pie nunca, se quedan impregnados en tu memoria y en tu sensibilidad. Y eso me pasó con este texto de Jordi Galcerán, escrito hacia 1996 y con el que ganó el XX Premio Born de Teatre de la ciudad de Mallorca. Después ganaría también el Premi Serra d’Or de la crítica y el Premio Butaca  de Cataluña otorgado por votación popular. Lo publicaría La Asociación de Directores de Escena en 1999 en su serie de Literatura Dramática Iberoamericana, que es el que yo leí. Y a mí los premios me dan un poco lo mismo. Busco la intensidad de las palabras, la fuerza del argumento, la construcción de los personajes, la interpretación de los actores, la lectura del director, la puesta en escena en su conjunto. Que todo brille sin alharacas, que no haya zurcidos que se deshilvanen a la primera de cambio, que el producto final sea contundente.

Y aquí tenemos una concatenación de buenos elementos. Empezando por esas Palabras Encadenadas, que el autor busca como excusa para presentarnos dos vidas torturadas y, al mismo tiempo, verdugos de su pareja, implacables, lacerantes, hirientes.  Va encadenando verdades y mentiras, sucesos y hechos pasados, sin dejar entrever cuál será la salida final.

Los actores, Cristina Alcázar y Francisco Boira, sufren en su cuerpo y en su interpretación los tira y afloja de los personajes, la psicopatía y la inteligencia, la seducción y la desesperación, la esperanza y la rotura. A Juan Pedro Campoy, el director, le bastan muy pocos elementos, no le hacen falta ni los supuestos vídeos grabados, ni aparatos de tortura, ni luces siniestras. Cuenta con dos grandes actores que se destrozan mutuamente, aunque intenten recomponerse sin éxito.

El éxito lo llevan en este gran montaje donde el que falle la palabra encadenada, la relación perfecta, verá en riesgo su integridad.