El alcalde de Zalamea, con respeto

Alberto Morate

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Hay muchas cosas que destacar en este Alcalde de Zalamea que nos presenta con rigurosidad, brillantez y emoción la Compañía de Teatro Clásico de la mano de Helena Pimenta en su magnífica y renovada sede del Teatro de la Comedia.

Y lo primero que quiero destacar y hacer honor de justicia, es la buena dicción de los actores (todos) ante el verso. Durante muchos años se venía diciendo, escuchando, comentando, que interpretar el barroco del siglo de oro no era tarea fácil y que era necesaria una tradición académica que hiciera que los actores se encontraran a gusto con las palabras que tienen que pronunciar. Y aunque ya lo he constatado en muchos montajes anteriores, hoy me llegaban las voces con limpieza, el ritmo sin sobresaltos, las pausas con acierto, el texto como algo natural en el habla. Aquello por lo que un día Adolfo Marsillach apostó, treinta años después, se ha hecho realidad. Tenemos una excelente CNTC, (dos si contamos a la Joven Compañía que también nos ofrece magníficas puestas en escena) que respeta a nuestros autores y sus obras, que respeta a los espectadores ofreciéndoles seriedad aun en las comedias más divertidas, que respeta a los actores, a todo el equipo que lo hace posible, que respeta a los personajes, que respeta el tiempo de ayer y de hoy acercándolo, que se respeta a sí misma como Pedro Crespo a don Álvaro aunque tenga que ajusticiarle.

Eso es lo segundo destacable. Lo inmensos que están los intérpretes. Sobresaliente Carmelo Gómez y sobresalientes Nuria Gallardo y Joaquín Notario. Siempre una baza segura David Lorente y notable alto para Rafa Castejón. Sería exhaustivo nombrar aquí a todos, pero ninguno desmerece porque todos destacan y las escenas de movimiento y de figuración las resuelve elegantemente Helena Pimenta, porque la coreografía, la esgrima, la voz de Rita Barber envuelven este caramelo de buen sabor de teatro clásico sin que parezca rancio.

Muy destacable, también, la escenografía, un gigantesco muro que intenta preservar la cotidianeidad de los habitantes de Zalamea, de la intimidad de la casa de Pedro Crespo, de una pared que, en teoría, impide los desmanes de los abusadores de poder y que habrá que derribar cuando ya lo han traspasado. Un suelo arenoso, limpio y abierto, que puede llegar a ser cálido pero también hacernos caer en una trampa de apacibilidad y convertirse en un desierto de desdichas. Y unas gradas donde esconderse, donde vigilar, donde agasajar o castigar.

No puedo dejar de destacar el fino trabajo de la versión de Álvaro Tato, que imagino que habrá tenido que indagar en las palabras y los versos para que no fueran chirriantes y desfasados.

Cómo no destacar la sede del Teatro de la Comedia. La elegancia de hace 140 años renovada que algunos podrían calificar de anquilosada, pero que va a ofrecer, a tenor de lo anunciado, las mejores obras conocidas y ocultas de textos que siempre nos tienen algo que contar.

Y ahora destacando el contenido: ¿Que el tema de la honra nos queda un poco lejos? No tanto como pudiera parecer. Alrededor de ese honor mancillado gira, como bien dice la directora en el programa, el amor, la justicia, el abuso de la autoridad, la integridad, la diferencia de estamentos, la venganza, la violencia, las convenciones sociales,…

Más alcaldes de Zalamea harían falta para tratar con respeto a los ciudadanos de hoy en día. Mientras, disfrutaremos con este, aunque solo sea en forma teatral.