Los caciques aún están vigentes

Alberto Morate

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Acabo, como quien dice, de salir de ver Los caciques de Carlos Arniches en el Teatro María Guerrero, sede del Centro Dramático Nacional. Satisfecho, risueño y concienciado al mismo tiempo, integrado en la sociedad de hoy y reconociendo que, en ciertos aspectos, poco ha cambiado el sentir político de algunos dirigentes. Por desgracia.

Arniches escribe y estrena la comedia en 1920 para denunciar la corrupción en ciertos pueblos y ciudades, con algunos alcaldes que se creían dueños de la localidad en la que habían nacido y que se enriquecían a costa de malversaciones, engaños, subterfugios, comisiones, extorsiones, prevaricaciones,… (el léxico es interminable). Y además lo hace con humor, el tío. Cuando a nosotros nos enerva, nos exaspera, nos saca de quicio.

“Tragedia grotesca” que, lamentablemente, se ha venido repitiendo a lo largo de estos casi cien años y que, precisamente, ahora más en boga está con tramas, denuncias, infracciones, nepotismos, amiguismos, privilegios, influencias, favores,… (el léxico sigue siendo interminable) y que el autor solo tiene que trasladar en forma de personajes a un escenario para, por lo menos, criticarlo y que resulte evidente, aunque ya todos lo sabían.

Ángel Fernández Montesinos recuerda que ya montó la obra en 2001 y piensa que no solo sigue de rabiosa actualidad, sino que se ha incrementado. Y entonces, sin perder el sabor añejo de las obras de Arniches, la actualiza, nos la trae referenciada a nuestros días, a nuestra época. Se muestra sobrio en los decorados, en el atrezo, casi tacaño, para no malgastar un dinero que podría investigar algún improbable enemigo, pero nos ofrece una gran pantalla que los suple, y nos golpea con las noticias audiovisuales de un informativo, desgraciadamente, demasiado cotidiano en los últimos tiempos. La escena donde, con cámara en directo, el que se considera prócer de sus conciudadanos se dirige a su pueblo y el advenedizo despistado, por no saber con quién lo confunden, le replica, es magistral. Tal cual mitin vacío de contenido y de palabras en estrados y plazas de toros.

El reparto es exquisito. Fernando Conde representa un Pepe, Rigoberto, Exuperio, perfecto, chulapo a veces, humano, entrañable, que nos deja entrever el calavera que un día fue. Magnífico. Marisol Ayuso compone una señora de su tiempo (que es eterno), recatada, firme pero delicada, necesitada de afecto pero fiel a su moral y sus principios, nostálgica, querible. Juan Calot interpretando al alcalde refleja con espeluznante nitidez a esos politiquillos de tres al cuarto que se creen algo y miran a los demás por encima del hombro, a esos empresarios que creen que en lugar de trabajadores tienen esclavos y que el dinero todo lo puede. Juan Jesús Valverde está simpatiquísimo en su personaje odioso, algo mafioso, celoso y todos los “osos” que usted quiera. El resto de los actores nos lleva a encontrarnos con el muestrario de jóvenes, aunque sobradamente preparados, de nuestra sociedad de hoy: parejas que se quieren independizar, profesionales que reivindican sus derechos, administrativos que aspiran a más, astutos diplomáticos con labia locuaz.

Los caciques de ayer y de hoy, aunque esperemos, por nuestro bien, que no para siempre. Los de verdad, porque estos Caciques teatrales es muy bueno que sigan estando en pie y vigentes.