NUESTRAS (ausentes) MUJERES

Alberto Morate

nuestras mujeres

Desde que el mundo es mundo habitado por seres ‘racionales’, han convivido, discutido, amado, intercambiado, sus diferentes idiosincrasias hombres y mujeres. Independientemente de a quien se quiera (hombre-mujer, mujer-mujer, hombre-hombre o tríos o poligamia) ambos sexos (que no género, que el género lo dejamos para las palabras) están condenados a confraternizar o a odiarse, a repelerse o a atraerse, a condescender o a dominar. Rara vez la armonía impera sobre los intereses, y si lo hace, es porque siempre alguno cede, porque también se aprende a comprender los fallos del otro.

En Nuestras mujeres tres amigos de toda la vida, y no sabemos por qué, mantienen una vieja costumbre de encontrarse para solazarse contándose sus penas, sus miserias, sus derrotas, sus logros. Imaginamos que la mayor parte de las veladas hablan y critican a sus mujeres, las defienden si otro se mete con ellas, o las repudian por no dejarles la libertad pretendida. Hasta que una noche se quiebra la complicidad entre los tres. Aunque el motivo de esa tormenta es muy grave, lo que el autor, Eric Assous, nos quiere plantear es la fragilidad o consolidación de esa amistad. La falsedad o verosimilitud de esa relación. Y ante un hecho límite es cuando surgen los auténticos sentimientos y la credibilidad de esos lazos amistosos, la duda también, el desvelo de ciertos secretos, la sorpresa de algunas opiniones personales. Y el acierto de Assous es no perdiendo el humor, exagerando ciertas situaciones, destapando miserias que parecían glorias. No puedo dejar de acordarme de Arte de Yasmina Reza donde también tres amigos, con otra situación completamente distinta, ven peligrar su amistad por mor de sus diferentes opiniones.

Gabriel Olivares, con el oficio que le da haber dirigido comedias dramáticas, o dramas cómicos, imprime ritmo y credibilidad. Deja hacer a sus actores para que se solacen en sus personajes, sin exagerarlos en demasía, haciéndolos próximos, cercanos, como si fueran amigos nuestros de toda la vida.

Gabino Diego, Antonio Garrido y Antonio Hortelano, dibujan tres tipos de carácter muy distinto. Unidos no se sabe muy el porqué. Uno es medido, comedido, terriblemente solitario, controlador de sus emociones; el otro pasional, con miedo a comprometerse, defensor de una libertad mal entendida; el tercero, sabemos menos de él, pero denota ser triunfador, trabajador, entregado. Todos están perfectamente integrados en sus personajes. Los tres cumplen con las expectativas de sus soledades y, quizá por ello, necesitan tenerse unos a otros.

Viendo la obra me planteaba si los actores intercambiaran sus roles, ¿lo harían con la misma solvencia?  Y saco la conclusión de que sí. Podría ver perfectamente a Gabino Diego en el papel de Max, a Antonio Hortelano en el de Pablo, y a Antonio Garrido en el de Simón o cualquier otra combinación posible. No porque tengan los mismos registros, sino porque pondrían la misma fuerza y pasión que demuestran en el escenario con el reparto que les han asignado.

Y, en medio de todos ellos, las mujeres; mujeres aludidas pero no presentes, las que les hacen ser de una manera o de otra, las que les marcan su forma de ser, y son lo que son gracias o por culpa de ellas. Como ‘Pepe el Romano’ en La casa de Bernarda Alba, que sin tener presencia escénica es el desencadenante de todo el drama. Aquí también la ausencia se hace existencia.