LA BALSA DE MEDUSA, dramático naufragio

Alberto Morate

la balsa de medusa

¿Incurrimos en contradicción cuando un drama en el que se sufre nos gusta? ¿Es una paradoja que algo desagradable nos emocione y disfrutemos con ello?

La grandeza del teatro es que es posible caer en anacronismos y contrasentidos y que para nuestra mente sea una terapia cognitivo-conductual. Nos recreamos en las grandes tragedias, liberamos nuestros sentimientos con los dramas indefectibles, nos reímos con realidades que, en realidad, en la vida real, darían mucha pena. Nos creemos lo que es mentira, damos por falso lo cotidiano, dudamos de lo que es evidente.

En La balsa de Medusa de Antonio Escribano, dirigida por Manu Báñez y excelentemente interpretada por Marcial Álvarez, Antonio de la Fuente, Mélida Molina, Sara Illán, Rosa Vivas y el propio Antonio Escribano, nos ocurre que sufrimos por el drama que padecen sus protagonistas y, al mismo tiempo, nos deleitamos con su recreación; les vemos deteriorarse poco a poco, mientras conservamos nuestra integridad porque nos creemos a salvo. Asistimos a su degradación humana, satisfechos de que no nos pase a nosotros y, paralelamente, los compadecemos,  pero tememos que nos salpique; observamos la falsedad humana, los clichés burgueses, los engaños, la prepotencia, el servilismo, la desesperación, las traiciones, las ansias de sobrevivir por encima de todo, de salvarse del naufragio, mientras miramos de reojo la salida de la sala y pensamos que podremos marcharnos sin pegas, contemplamos como posibilidad que algún día tengamos que tragarnos como alimento un papel insípido aunque sea con forma de pajarita, que nos tengamos que beber nuestras propias lágrimas, que necesitemos regurgitar nuestras soledades, que no podamos lavarnos con la frescura de la amistad.

Hay romanticismo en este cuadro, en el de Géricault y en el texto de Escribano. No un romanticismo idílico como podría pensarse por la palabra en sí, sino un romanticismo de la conciencia del yo frente a los otros, una nostalgia de paraísos perdidos, un subjetivismo e individualismo absolutos, una atracción por la muerte a la que no podremos evitar y que nos cita inexorablemente. Y está Medusa, la que si te mira te convierte en piedra, la que no tendrá piedad ni por la amistad ni por el amor, con sus cabellos de sierpes insaciables. Y está la balsa, la balsa en medio de un océano tormentoso y violento, que nos impide escapar porque nos ahogaríamos, que nos limita el espacio y nos obliga a convivir hasta que un ángel exterminador  deje a oscuras la sala. Y entonces, respiramos, porque hemos contenido el aliento durante una hora y media, hemos guardado un silencio sepulcral para que no nos afectara en demasía, hemos participado del horror y, al mismo tiempo, nos hemos recreado en esta perfecta y medida puesta en escena que ha hecho que gocemos con el sabor del buen teatro. Contradicciones del teatro.