DINERO NEGRO, comedia blanca

Alberto Morate

dinero negro

Cuando explico a mis alumnos de Lengua y Literatura de Secundaria en qué consiste la comedia, así, en términos generales, les hablo, entre otras cosas, de los orígenes de la comedia griega, con el dramaturgo Aristófanes, de las comedias de carácter, de las comedias de enredo, de las comedias del absurdo,… les explico que lo principal de la comedia es buscar la risa del espectador o, al menos, su sonrisa. Independientemente de si se quiere ironizar sobre un tema, criticar una conducta, ridiculizar unas acciones y unos personajes, poner en evidencia los defectos de la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Y les digo que para ello se utilizan múltiples recursos: la comicidad verbal mediante un lenguaje ingenioso con chistes, juegos de palabras, incorrecciones lingüísticas, lenguaje vulgar o excesivamente culto,… También que el equívoco es uno de los más usados en todas las épocas. El equívoco que, en muchas ocasiones, deriva en engaño. El recurso del disfraz, de una forma determinada de hablar, la confusión de unos personajes que se hacen pasar por otros. Y que sea cual sea el grado de enredo, suele tener un final feliz. Un final feliz para los personajes pero también para los espectadores que se van con una sonrisa puesta y una sensación agradable del teatro.

Y esta es la sensación que sacamos después de ver Dinero negro, de uno de los dramaturgos ingleses con más prestigio de los contemporáneos, Ray Cooney, galardonado con la Orden del Imperio Británico. Interpretada por Fede Celada, Isabel Gaudí, Antonio Vico, Celia de Molina, Ignacio Mateos, Aitor Legardón y Jesús Cisneros, este último también productor, la obra juega con casi todos los tópicos que cada curso explico e intento que comprendan mis inocentes, por jóvenes e inexpertos, alumnos.

El equívoco está prácticamente presente desde el inicio, y a medida que la obra se va desarrollando la bola del engaño se va haciendo más grande, más ridícula, más cómica. Poco importa el matiz moral de si está bien o está mal la decisión que toma el protagonista, si los inspectores son un poco simples y, además, sobornables, si la amistad es frágil, si sus vidas, (nuestras vidas), son anodinas, rutinarias, monótonas. No hay disfraz en el vestuario, pero sí comicidad verbal, gestos, confusión de personajes, ritmo en las entradas y salidas, situaciones ridículas, vicios y defectos humanos y, por lo tanto, perdonables, exageraciones, caricaturas.

José Manuel Carrasco, el director, maneja bien el texto y la puesta en escena. Mueve a sus personajes con soltura y los actores responden divirtiéndose y haciéndoselo pasar bien a los espectadores, que es de lo que se trata.

Dice en el programa que Dinero negro “es una bocanada salvaje de aire fresco y carcajadas…” Efectivamente, con los calores que estamos pasando no viene mal resguardarse de la calima en un espacio como el Teatro Amaya, con una comedia blanca como esta, y soltarse unas risas que, aunque no sean carcajadas,  también oxigenan y dejan el cuerpo con un final feliz de sensación agradable.