El decadente Jardín de los cerezos

Alberto Morate

Cuando la primavera llega a todos nos gusta contemplar desde una atalaya los almendros y los cerezos en flor. Esa explosión de blanco color que nos anuncia el principio del verano, las tardes apacibles, los días más largos, la calma o, simplemente, la mera satisfacción de una visión agradable a los sentidos.

jardin

En El jardín de los cerezos de Anton Chéjov nos abren la puerta de una familia en ruinas, pero que tiene que mantener las apariencias. Que no saben vivir ajustándose a una nueva sociedad que se va imponiendo. Para huir de un hecho aciago como es la muerte de su hijo, Liubov Andréievna escapa a París, pero allí la desgracia y la soledad no la abandonan. Cuando vuelve a su jardín, se encuentra falsedades, intereses, olvidos, fachada, fingimiento, pero ella misma adopta una postura de no querer saber, de negar la evidencia, de mantener en pie unos escombros que caen por su propio deterioro social.

Los dos primeros actos de este montaje ofrecido por el Centro Dramático Nacional, bajo la mirada y dirección de Ángel Gutiérrez, se hacen lentos, ralentizados, espesos. Como son los personajes de la obra de Chéjov. Quieren ofrecer lo mejor de sí mismos, pero todo es inmovilismo, decadencia, delicuescencia, postrimería de unas ventajas económicas que ya no tienen. Cuando ya la tragedia está consumada, cuando no hay vuelta atrás y el poder empiezan a ostentarlo las clases trabajadoras, la tensión se hace más atrayente, aún se resisten a perder y abandonar aquello que poseían pero, irremediablemente, deberán abandonar su estatus, a bajarse de su pedestal, a volver a poner tierra de por medio esta vez sin regreso esperanzador. Esos dos últimos actos, les sentimos más vivos, más humanos, más vulnerables y, por tanto, más reales, más accesibles.

Impecable la escenografía y la puesta en escena en general. Chéjov en estado puro. Chéjov realista y psicológico, casi inexpresivo, un Chéjov que no juzga, solo muestra, un Chéjov pesimista y retraído.

Los actores interpretan con gran solvencia sus personajes enrevesados y, en cierta medida, contradictorios. Marta Belaustegui en su melancolía y desorientación reafirma su protagonismo. Germán Estebas consigue darle a su personaje de hermano un comportamiento anodino pero fundamental. Jesús García Salgado imprime al suyo la fuerza del que lo ha conseguido todo con su propio esfuerzo y aún así duda de su condición privilegiada. El resto del reparto está a la altura de esta buena producción, aunque a algunos espectadores les resulte un poco difícil de digerir por su larga duración o por su ritmo o porque la alta sociedad rusa retratada y decimonónica les pille hoy un poco lejos.