Trilogía de la Ceguera, teatro de angustia

Alberto Morate

Quizás por el título de esta crónica a más de uno se le quiten las ganas de ir a ver Trilogía de la ceguera, ya que a nadie le gusta pasar un mal rato, o un momento angustioso, o alguno pensará que para ir a sufrir ya está la vida de todos los días. Sin embargo, este drama que engloba sendas obras de Maeterlinck es verdaderamente recomendable.

TRILOGIA-CEGUERA

Si eres de la opinión que ir a ver teatro es ver algo único, nuevo, distinto, con historias excepcionales, con personajes poco cotidianos, con propuestas arriesgadas, con puestas en escena sin trucos ni alardes musicales o escenográficos, estás ante la representación adecuada. Para que nos cuenten de forma realista lo que vemos todos los días, no hace falta entrar en una sala de teatro.

Pero tomar la decisión de hacerlo en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán para  padecer regocijándose de estas tres piezas del autor belga en producción del Centro Dramático Nacional es querer indagar en el interior de uno mismo, es dejar que un estado anímico distinto te invada, es abordar la fatalidad y la angustia con la vivencia del existencialismo.

En La intrusa, asistimos a un drama psicológico y autista de una espera. Sin querer nos acordamos de Godot e intuimos similitudes con Los forjadores de imperio de Boris Vian y el teatro de la crueldad de Antonin Artaud. Sentimos, experimentamos, nos angustiamos, ante esos sonidos acechantes, ante esa luz casi imperceptible, esas puertas que no se deben traspasar. Esas relaciones tensas, esa ceguera del que no quiere ver o esa visión de lo que vendrá y nos aterra. La obra sobrecoge, oprime, asfixia. Medidas las palabras, el tono de voz de todos los actores, hasta los silencios nos parecen bien interpretados.

En Interior, la angustia viene dada desde la humedad, el miedo a hablar, la imaginación de lo que vemos aunque no esté. Nos hundimos en una ciénaga, en un bosque infranqueable de árboles de hierro, en una niebla tan espesa que no nos permite tomar decisiones. Aquí cobra mayor importancia el simbolismo, la duda sobre lo que hay que hacer, el movimiento ralentizado de las acciones.

Y en Los ciegos vemos lo que no se puede ver. Oímos, sentimos, sufrimos, somos parte del elenco. No nos atrevemos a hablar, ni a movernos, casi ni a respirar, somos muchos los que estamos en una situación de indefensión, de pérdida, de desorientación, quisiéramos encontrar la salida, la luz de la esperanza, sabemos que el mar está ahí, que la salida está cerca, que el río nos conducirá a una desembocadura sin remedio porque hasta los sentidos se nos confunden.

Angustia vital para sentirnos extraordinariamente vivos. Angustia teatral para vivir esta extraordinaria representación ineludible.