¡Ozú, MÁS APELLIDOS VASCOS, pues!

Alberto Morate

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Estamos necesitados de humor. El humor busca abrirse paso a través de las farragosas vidas cotidianas que tenemos que ejercer cada día. El humor nos salva, en numerosas ocasiones, del catastrofismo, de los reveses o, simplemente, de lo acostumbrado, de lo rutinario, de lo tan conocido que ya no nos asombra.

Y conocidos son los tópicos con los que juega el humor de Más apellidos vascos. Por eso, porque hay que darle una vuelta revisionista a nuestras acciones habituales, a nuestras manidas ideas, a nuestros clichés costumbristas, exageran los repetidos chistes de andaluces y vascos y, si fuera necesario, de gallegos y catalanes, de españoles y polacos, de suegros y yernos, de parejas ‘hetero-géneas’ u ‘homo-policiales’; no importa tanto el tándem objeto de la posible hilarante situación, sino el hacerlo con buen humor, exagerando las inflexiones y llevando las situaciones a un límite que raya con el absurdo, con la vergüenza del que lo está sufriendo, con el ridículo de no poner las cosas claras desde el comienzo.

Así nacen las chanzas. Por eso cuando nos cuentan algún choteo imposible, nos preguntamos retóricamente “¿te imaginas?”. Y no se busca herir sino distender. No vituperar sino enaltecer. No criticar sino encomiar. Sutilmente en muchos casos, es verdad, pero cuya finalidad última es el humor.

Gabriel Olivares, el director de estas parodias cuyo engarce está en la relación entre una pareja de una policía y un “ertzchandal” (sic) vasco, (también cabe el sentimentalismo, la pasión, la necesidad de sentirse querido) y una frágil línea de información periodística, ha afirmado en alguna entrevista que es intuitivo y no busca la intelectualidad. Pero tampoco nos podemos quedar solo con la superficialidad, también hay crítica social y política, territorial y nacionalista, un toque de atención a unas diferencias que no son tales y que, desde el punto de vista del humor, todo sería menos sesudo y más favorable para la salud mental.

Los actores están muy acertados en sus múltiples personajes, a pesar de que noté al público un poco frío. (La temperatura externa también influye en la interna). Ellos lo dieron todo y pusieron el calor que faltaba. Leo Rivera, Rebeca Valls, Cecilia Solaguren y Carlos Heredia cambiando de vestuario, de registro y de acento cada cinco minutos, nos dan la socarronería necesaria para pasar un rato más que agradable.

No esperen encontrar una segunda parte de la afamada película. Ni siquiera una adaptación del guion o su versión teatral. Tampoco un muestrario de una forma de ser de los del norte y los del sur. Se van a encontrar ustedes un poco de humor fragmentado en escenas con un elenco más que solvente y la chispa necesaria para pasar una tarde-noche divertida, que es lo que, hoy por hoy, nos hace falta.