Una Boda Feliz, divertida comedia de salón

Alberto Morate

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Que España ha dado y sigue dando grandes cómicos no es de extrañar y todo el mundo lo sabe. Desde nuestra peculiar picaresca, pasando por los graciosos del teatro barroco, los criados y escuderos de galanes que se las ingenian para enrevesar las situaciones, hasta los personajes grotescos e imposibles de autores como Arniches, Mihura, Jardiel, el denostado Alfonso Paso, o más recientemente José Luis Alonso de Santos, Ignacio del Moral, Rafael Mendizábal o Jordi Galcerán,…  que han creado personajes a la medida de la idiosincrasia ibérica, los actores españoles se han tenido que meter en el cuerpo y los rasgos psicológicos de seres humanos estrambóticos, divertidos, en muchos casos absurdos, con un punto de locura rayana con la inteligencia sutil y la capacidad para enredarlo todo y volverlo a componer como la cosa más natural del mundo.

Estos cómicos, (¡qué gran término!), han encarnado a sus archipámpanos con credibilidad, con gran responsabilidad, con una inmensa seriedad que los hace aún más graciosos. Y ahí tenemos, grande, como sus antecesores más recordados por mi frágil memoria como Antonio Garisa, Lina Morgan, Alfredo Landa, Paco Martínez Soria, Mary Santpere, Tony Leblanc, José Luis López Vázquez, Cassen,… (y un sinfín más, la lista sería interminable), a Agustín Jiménez, sin pudor en la interpretación de un histrión con innumerables registros, locuaz, bufo, caricato, que hace que soltemos carcajada tras risa, hilaridad tras alborozo. Y le dan la réplica también con desparpajo y soltura, el resto de la compañía, Txabi Franquesa, Santiago Urrialde, Manu Badenes y Celine Tyll.

Gabriel Olivares sabe en qué menesteres se enfrasca. Sus anteriores montajes le avalan y le han dado experiencia para mover las situaciones y a los actores con frescura y desaprensión. Es cierto que la comedia Una boda feliz es francesa, (Le gai mariage), pero Juan Solo la versiona a nuestra peculiaridad española. Y por eso nos lo pasamos francamente bien, cada vez más enredados en esas relaciones y mentiras que, a la postre, no son tan descabelladas para nuestro acervo cultural de comedias de humor, de comedias comerciales y de entretenimiento, sí, pero con un innegable valor actual y social.

Como en la comedia burguesa de los años setenta, vemos en Una boda feliz un teatro amable, divertido e ingenioso. Pero sin moralejas. Una comedia de salón de una familia que no puede acomodarse porque le falta el aspecto crematístico que solo le proporcionará una cláusula retrógrada. Precisamente por eso, la solución debe estar en lo inesperado.

El notario no sabemos si llegará a dar fe de lo estipulado en la herencia, pero el público sí lo refrenda con sus aplausos.