El duende de La Pepa es Sara Baras

Alberto Morate

SARA-BARAS

Desde que se apagan las luces y se empiezan a escuchar los primeros acordes musicales algo se nos mete en la sensibilidad de la piel y en el sentimiento del alma. Un duende recorre el teatro Compac Gran Vía y sube al escenario y baila con pasión y emite “quejíos” y proclama libertad y reclama sus derechos. Hay un duende en cada uno de los pasos, en cada taconeo, en cada palmada, en cada movimiento de las manos, en cada rasgueo de las guitarras, en cada coreografía, en cada gesto, en todos los aplausos.

Uno no entiende mucho de flamenco y se agradece que nos indiquen si esto es un martinete o un vals o un fandango o una soleá,…Pero uno sí entiende de arte sincero en estado puro, de emotividad, de ternura, de impresiones en el corazón, y así se ve el duende hasta en el haz de luz de los focos.

Ese duende, que Federico García Lorca intentó explicar para decirnos que era inefable y, por tanto, no se podía más que sentirlo, nos atrapa desde el principio y ya no nos suelta ni cuando abandonamos el teatro. Está en la negrura de la guerra, en la percusión de los tambores y en el sonido de los tiros, en los golpes en el rostro de la tierra, en las lágrimas que la muerte se llevó por delante.  Está en la búsqueda de la armonía, de la paz, de la vida, del futuro de libertad que se pretendía. Está en esos arcos del decorado que nos recuerdan las puertas de tierra de Cádiz, en los títeres de la tía Norica, en el carácter alegre del gaditano que siempre mira al mar, porque para eso está en una bahía. El duende posee a los diputados de las cortes de Cádiz de 1.812 por bulerías, y crece, y se transforma en La Pepa, y se hace tangible en los pies y en los brazos de Sara Baras, en su rostro, en su vestido, en su ritmo.

Y sigue mostrándose en el cuerpo de baile, en los músicos, en los cantes, en José Serrano, en nuestro entusiasmo, en nuestros aplausos. Y quisiéramos volver mañana, y pasado mañana, para envolvernos con este calor sensual que se hace que nos abran los poros de la emoción.

Sobre el escenario repiquetea la libertad, al aire de los golpes acompasados del corazón y las voces desgarradas que llenan en el silencio de sufrimientos y de pérdidas, pero también de alegría y esperanza.

¡Oh, grande, Sara Baras!

Cautivas con tu danza los espíritus más recónditos y atrapas con tu arte al duende de la historia