Las luces de 50 Sombras, ¡el musical!

Alberto Morate

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Puede haber dos maneras de acercarse a la lectura en vivo (es decir, a este espectáculo teatral-musical) de 50 sombras de Grey: 1. Habiendo leído el libro y 2. Sin siquiera haberlo tenido entre las manos. Las dos son válidas. El musical proyectará su luz sobre cualquiera de los espectadores que la disfruten.

Si se conoce la historia de Christian Grey y Anastasia, tendremos un público preparado y entregado que entenderá a la perfección los guiños, las referencias, las sensaciones epidérmicas e interiores, la búsqueda de ese dios interno, que tres amigas comparten con una lectura común pero también individualizada, pues cada una lo siente de una manera distinta.

Si solo se han tenido referencias del título y el contenido, que algunos hayan podido considerar escabroso, de una novela de éxito que se aprovechó del tirón mediático, también sonreirán y podrán dejarse contagiar de los personajes, la música, la coreografía y las canciones.

Excelentes por otro lado. Suenan muy bien estas canciones, esas músicas diversas y variadas, perfectamente ejecutadas y dirigidas por Guillermo González, esos bailes y movimientos coordinados que dan dinamismo al montaje, las voces potentes de unos actores -cantantes- bailarines al servicio y buen criterio de su director Jesús Sanz-Sebastián. (Echo de menos un programa donde me indiquen quiénes son el equipo técnico completo: músicos, coreografía, vestuario, iluminación, escenografía,… Normalmente no se les nombra en las críticas pero es de justicia reconocerlos).

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Las referencias a personajes y hechos de nuestra actualidad, la licencia de salirse de la historia en sí, intentar implicar a los espectadores dirigiéndose a ellos directamente bajando al patio de butacas, haciéndoles partícipes de esta parodia que lo que busca es reírse de situaciones, de caricaturizar personajes, de pasarlo bien, en definitiva, durante más de dos horas, revierte en aplausos, risas, entrega absoluta del rendido público que, al contrario que nuestra protagonista, no está dispuesta a sufrir vejaciones, sino a tomar con naturalidad y divertimento las llamadas al placer, al multiorgasmo del espectáculo total.

Estas 50 sombras se iluminan con cada escena, las luces le quitan el rigor de lo erótico, desarman lo pacato, muestran la desnudez sin enseñar nada pudendo, se grita sin tapujos y se desea sin reprimendas ni hacerse mala conciencia.

El que haya leído el libro no saldrá defraudado, el que no lo haya leído no le importará no haberlo hecho.