La Cena de los Malditos, buen provecho

Alberto Morate

LA-CENA

Maldito se aplica a la persona o cosa castigada o condenada por Dios, o por un mal fario, pero también se aplica a aquel cuya intención es perjudicar o hacer daño, a alguien de malas costumbres, un protervo, o a un condenado que sufre una maldición. Los malditos son los proscritos, la gente de los bajos fondos, los que no tienen miedo de nombrar a las cosas por su nombre, los sin patria, los parias, los bohemios de baja estofa, los que ensalzan hábitos poco saludables y se ríen de su propia sombra.

Un mundo que nos atrae y nos da un poco de miedo, que nos seduce y nos induce a acercarnos con precuaciones. Sin embargo, nuestros temores se diluyen rápidamente. En el Teatro Bodevil, espacio singular, entre discoteca, restaurante, sala teatral, interior de barco de lujo, casino, palacio, a la entrada, nos saluda un vodevilesco pero simpático cadáver, o espíritu, o ente maldito condenado a vagar por el libreto de un musical sin fin para toda la eternidad. Al menos, él mismo nos dice que está muerto. Está en nosotros creerlo o no.

Después todo es elegancia, glamour, buenas maneras, acercamientos, provocaciones, y uno empieza a sentirse bien. No como en casa, porque este es otro mundo, un submundo si se quiere, pero en el que nos encontramos cómodos, con ganas de que comience la fiesta, lo transgresor, lo diferente. Y como cada vez estamos más imbuidos del ambiente, empezamos a creer y a pensar que nosotros también somos un poco malditos.

Y te das cuenta que estos malditos son unos benditos. Te ponen de cenar unos platos originales, tapas que destapan los sentidos gustativos, olfativos y visuales. Y se nos van presentando los personajes que pretenden ser malévolos pero desprenden ternura, calidad artística, coordinación rítmica y corporal, voces que suenan a cantos de sirena para atraernos a su pretendida desgracia y lo que consiguen es que compartamos su alegría desmedida, su sensualidad epidérmica, sus ganas de vivir para siempre.

Empezando por la maestra de ceremonias, que no engaña a nadie con su pretendido mal carácter, porque intuimos que es un trozo de pan, o de queso, que es más exótico y francés, las siamesas que no solo son capaces de separarse sino que se contorsionan como si no tuvieran huesos, un alma femenina que vuela encima de nuestras cabezas, una historia de amor subyacente que intuimos que acabará como debe de acabar, una cohorte de bailarinas e histriónicos personajes que son medio camareros, ilusionistas, cabareteras, saltimbanquis, acróbatas, cantantes, dos ninfas del agua que nos recrean la vista, un lacayo fiel y socarrón, sucio y malencarado, personajes todos ellos que comieron de la manzana prohibida y ahora vagan con sus cuerpos entre miserias, candilejas, y la recompensa del aplauso de la burguesía. Y, por encima de todos ellos, la música en directo, las canciones, las voces, el movimiento corporal, las coreografías, el espectáculo total de una cena distinta.

Aprovéchense de esta oferta sin parangón, sálganse del tono comedido de todos los días, pierdan la compostura de sus encorsetados trajes, degusten nuevos sabores con sus paladares en expectativa, disfruten sin medida de esa vida maldita, ¡buen provecho!, y que nos quiten lo bailado, si pueden, a la salida.