Vemos La Llamada y luego hacemos…

Alberto Morate

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Para alguien tan neófito como yo en brújulas, estas son simples agujas que tiemblan en la esfera. Las estrellas son lucecitas a las que, de vez en cuando, se le piden deseos secretos. Los campamentos de verano son excusas para estar con los amigos. El concepto de Dios se nos escapa del entendimiento. Pues con toda esta amalgama de premisas, los autores de La Llamada, Javier Ambrossi y Javier Calvo, consiguen montar un espectáculo músico-teatral, ágil, divertido, no exento de ternura, de adolescencia con ideales, de fe sin consistencia, de frágil amistad que se va consolidando, de recuerdos que no se han vivivido suficientemente, de amores ocultos, de necesidad de vivir por encima de todo. Y aunque sigamos sin saber exactamente dónde está el norte, las estrellas se conviertan en luces de neón hacia la fama (o hacia la cama, en este caso literas) y no nos concedan ningún deseo, los amigos se pierdan por el camino y Dios siga sin dar señales de vida, acercarnos a todo ello de esta forma musical, teatral, poética en cierta forma, nos hace sentirnos mejores. Nos reconcilia con nosotros mismos y con lo espiritual. ¿Quién no ha vivido un campamento lleno de aventuras, represiones, escapadas, amenazas, amistades selladas con sangre y saliva que se han olvidado a la vuelta del siguiente curso? ¿Quién no ha hablado con Dios en la intimidad de su soledadsin saber qué es lo qué quería de nosotros y siempre deseando que fuésemos nosotros los elegidos? ¿Quién no se ha equivocado de medio a medio en el camino iniciado, aunque luego nos hayamos perdido de nuevo y tengamos que empezar de nuevo cada día? ¿Quién no ha confundido sus deseos con sus sentimientos? ¿ Quién no cree tener las riendas de la verdad y ha cabalgado un jumento que no era el suyo?

En esta comedia musical nos lo pasamos bien. Alguien nos la recomendó, o hemos visto su permanencia en el escenario, o nos atraen sus actrices…, es decir, hemos sido llamados. Y hemos sido bendecidos. Somos unos privilegiados por poder sentir, oír, degustar, la voz de Dios, en este caso de Richard Collins-Moore, la sensualidad de dos adolescentes, sus dudas, su inquebrantable amistad, sus prontos, su sinceridad, su inocencia rebelde, encarnadas por Macarena García y Anna Castillo, perfectas en su interpretación, o la candidez humana y entrañable de una religiosa sin convicción pero que todos quisiéramos como amiga, porque tiene la sensibilidad a flor de piel que regala sin pedir nada, y que le gustaría implicarse sin presunciones, magistral Belén Cuesta (y mira que en ´Buenafuente´no me gustaba nada), o Gracia Olayo de la que esperamos, en principio, una Bernarda estilo Lorca, y nos encontramos una monja jamón, es decir, moderna dentro de lo que cabe, comprensiva, no tan tirana, hecha a sí misma, desmelenada bajo la toca, humana. La banda de Dios bajó del cielo para tocar como los ángeles.

El público mortal se puso en pie para ovacionar esta puesta en escena basada en la fe en el teatro, y comulgamos con risas y nos confesamos seguidores ácerrimos de esta liturgia escénica. Así da gusto. Hacerlo y luego verlo. O verlo y luego hacerlo nuestro. Obras como esta son amores y también buenas razones para creer que todavía se puede representar teatro no solo de milagro.