El Misántropo, no es solo Molière

Alberto Morate

Entro en la platea del teatro Español y me gusta, aunque no me sorprende, ver una gran cantidad de rostros jóvenes. ¿Vendrán por el título, poco atractivo? El misántropo, término poco utilizado, quizá para algunos hasta desconocido en su significado. ¿Habrán acudido a la llamada del renombrado, con merecimiento, Miguel del Arco? ¿Atraerán más los nombres de los actores, Israel Elejalde, Raúl Prieto, Barbara Lennie…? No son actores de televisión, protagonistas de series, me refiero, no puede ser eso. ¿Será la fama de la compañía, Kamikaze, que ya ha demostrado su buen hacer en montajes anteriores? ¿Es Molière quién los convoca? Da lo mismo. El teatro está lleno. ¡Que satisfacción ver el patio de butacas repleto! Imaginen si no hubiera que pagar el 21% de impuestos.

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La representación comienza. Estamos en nuestra época. Jóvenes ejecutivos salen por la puerta de emergencia de una discoteca. Celebran una fiesta. Pero uno de ellos no está contento. Más bien despotrica de las personas, de la humanidad, de su falta de sinceridad, de los intereses materiales que los motivan. Su lenguaje es culto, sus maneras exquisitas, su proceder contenido, aunque estén bebiendo. Sus nombres no cuadran con los momentos actuales, pero eso es lo de menos. Todo esto hace que nos olvidemos que estemos viendo un Molière, pero es un Molière sin encajes, sin pelucas, sin medias, sin verso. En escena hay un misántropo de carne y hueso de nuestros días, un “amargao”, un “depre”, un “yuppie” insatisfecho. Pero no se preocupen, no les voy a contar el argumento. A partir de ahí empieza a desenrrollarse la madeja, al mismo tiempo que la tela de araña va creciendo, del mismo modo que podríamos apreciar los hilos de los muñecos o marotes que ellos mismos (los personajes) intentan manejar.

Y el director y autor de la versión, Miguel del Arco (¿o es el propio Jean-Baptiste Poquelin?), nos empieza a enseñar una sociedad de alimañas, de hienas, de cuervos, de juegos de seducción, de falsedades obvias pero aceptadas; un mundo de engaños, de zancadillas, de egoísmo, de conquistas, de frágiles amores, de soledades, de triunfos y de derrotas. Unas relaciones pasionales sin sentimientos, unas conductas veleidosas, unas tramas de corrupciones, redes sociales que nos atrapan sin saber exactamente cuál es el perfil auténtico de cada uno.

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Y, entretanto, la conciencia se mueve a cámara lenta, el ritmo del mundo parece detenerse, pero es solo una utopía, en realidad, las sombras, se desvinculan de nuestros cuerpos, se deshacen como arena que se lleva el viento, no nos queda más que el deseo.

¿Así es nuestra sociedad hoy, “aquí y ahora”? Se puede convertir en éxito el humo, la apariencia, el artificio. ¿Así era la sociedad del siglo XVII? ¿Seguirá siendo en el futuro? En parte todos contribuimos a ello. En mayor o menos medida, es lo que tiene no ser ermitaño. Queremos ser filántropos pero somos misántropos cuando vemos esos desmanes, cuando trepamos por la escala social pisando la cara al que va debajo.

Kamikaze, del Arco, los actores, el teatro, Molière, contribuyen a que no nos olvidemos de los que fuimos, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser. ¡Qué gran lección de vida! ¡Qué gran interpretación! ¡Qué gran lectura! ¡Qué grandes aplausos! Por obras como esta, merece la pena acudir al teatro.